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martes, septiembre 24, 2013

La masturbación del gigante


UNO

Las montañas representan un acercamiento con lo divino, dijo el gigante para sus adentros, con su mirada clavada en dos áridos cerros perdidos en medio de la nada.
  
Los azarosos caminos del coloso lo habían llevado a una planicie desértica, estéril, chamuscada bajo un sol furibundo. La aparición de aquellos dos montículos interrumpió la monotonía del paisaje y provocó un efecto hipnótico en el errante titán.

Las montañas se hallaban una junto a la otra. Bellamente torneadas. Desterradas del mundo, al igual que él. El gigante apreciaba cierta nostalgia, de carácter glorioso, en el aislamiento de aquel par de elevaciones a sus ojos magníficas, espectaculares, mágicas. Lo que el titán viajero desconocía, era que algo inconsciente estaba operando en su fascinación. Algo que pronto comprendería.

La inmutable mirada del coloso ocultaba un secreto que se revelaba, parsimonioso, por medio de complejas interacciones psicológicas, neurales, vasculares y endocrinas, estimuladas por el encantamiento, cada vez más vivo, de las hechizantes montañas.

La obnubilación del gigante, de pronto, se volvió erotismo.

El misterio se resolvió mediante el edificio de cien pisos, corpulento, que se construyó en su entrepierna. Fue recién entonces cuando el coloso lo supo del todo: la deslumbrante belleza del redondeado par de montículos había despertado el recuerdo de las monumentales tetas de “Ella”. Las monumentales tetas de su ex novia.

Su omnipresente fantasma asomaba otra vez.

DOS

Respiración sofocada. Lisonjeras convulsiones. Ebullición. La lúbrica conmoción del sudoroso titán no daba más. Cada uno de sus rincones demandaba placer en un grito desesperado. Así pues, a toda velocidad, el gigante sacó de su mochila gigante un ipod gigante con audífonos gigantes; colocó estos últimos en sus oídos, seleccionó una canción y pulsó PLAY. Arrancó “Wicked game” de Chris Isaak. A continuación, desabrochó su pantalonote, bajó su cierrote y desembuchó al causante de esta narración: su rascacielos de carne.

Ajeno a la realidad del mundo del cual fue exiliado, el coloso cerró los ojos, se permitió soñar, se dejó seducir. Sin interrumpir el compás sutil de su puño derecho, acarició las montañas con su manota izquierda y se abandonó a la excitación bajo el influjo de las expresivas primeras líneas de la balada seleccionada para esta especial ocasión:

The world was on fire and no one could save me but you

It's strange what desire will make foolish people do

En busca de una inspiración todavía mayor, el gigante reconstruyó cada detalle del cuerpo de “Ella”, cada espasmo, cada gesto asfixiado y feliz. Excesivo y vicioso, la evocó boca abajo con sus rodillas flexionadas, batiendo sus inmensos y sudorosos glúteos hacia su sexo, mientras agarraba sus vastas caderas. El vaivén del brazo del condenado titán se aceleró, al mismo tiempo que la profunda y suave voz de Chris Isaak le entonaba el siguiente enunciado:

What a wicked thing to do to make me dream of you

El épico final se produjo en circunstancias que el coloso, en un arrebato insano de lujuria, embutió su mega coronta entre los dos montículos, a modo de emulación de la práctica conocida por el vulgo como “paja rusa”. De este modo, en un estado de éxtasis erótico, apartado de la terrenalidad circundante, ignoró las sanguinolentas magulladuras que su perversión y los dos cerros trazaron en su sistema genital, y así, entre jadeos y sacudidas, delirio e histeria, alcanzó un orgasmo sublime. Un orgasmo salvador. Un orgasmo infinito.

Era un gigante y la soledad. Era un gigante y la nostalgia. Era un gigante y el placer. Era un gigante y dos montañas. Era un gigante en un coito con dos montañas. Era un cuadro demencial.

Tendido sobre su estómago, con su lengua posada en la inhóspita planicie y el protagonista de esta historia desinflándose en el pliegue de las colinas, el misántropo titán decidió levantarse. Miró con entereza a lo lejos y a continuación, al mismo tiempo que se ponía unas gafas negras de sol y fumaba un cigarro suelto que llevaba en su mochila, reanudó su ostracismo errante en medio del ardiente desierto.  

TRES

Ahora retrocedamos unos minutos y concentrémonos en el reverberante horizonte de la abrasadora tarde. Vamos hacia allá. Ahí está el mundo como lo conocemos. Países, ciudades, pueblos, hogares, bancos, supermercados, cines, vehículos, gente. Todo de tamaño normal. Todo lejos del alienado gigante de corazón roto, lejos del monstruo. Allí, en las entrañas del planeta, nació un temblor, una vibración más bien. Muy suave. Tan suave como su génesis: el ritmo inicial, manso y mimoso, engañador y brutal, del puño frotante del coloso contra su ingle.

Tres minutos más tarde, la imagen del mundo se podía resumir en la inequívoca y axiomática afirmación “el peor terremoto de todos los tiempos”. Y en neutrales y objetivas descripciones tales como “casas y edificios desplomándose”, “suelos abriéndose” y “mares desbordándose”. El planeta era un juego de bolos en plena chuza.

El clímax de la ruina y aniquilación se produjo durante la sublime y terrible aproximación del orgasmo del enardecido titán, en el remate de la cópula montañosa. Ojalá allí hubiese terminado todo.

Pero esta historia no termina aquí.

Poco después de que las placas tectónicas se calmaran, una nube amarillenta cubrió los cielos. Sí, se trataba de los millones de litros de esperma eyaculados por el gigante. Ciudades completas se sumieron en la más densa oscuridad cuando el viscoso líquido sobrevoló el firmamento. La secreción viajó miles de kilómetros, a velocidad de cohete, más o menos una hora, hasta que aterrizó en la capital de un país que, por razones de decoro, omitiremos. Ingobernables ríos de semen inundaron a la desventurada ciudad, tapando el caos con otro tipo de caos, uno más glutinoso. Los equipos de bomberos y fuerzas especiales de policía fueron inútiles ante la inaudita y pegajosa realidad: una arrolladora masa de esperma que inmovilizaba todo a su paso.

La situación de las mujeres fue lo más trágico: como todos los habitantes de aquella urbe maldita, eran atrapadas por la mole mucosa, sin embargo, a diferencia de los varones, ellas quedaban expuestas al voraz apetito de los bestiales espermatozoides del gigante, renacuajos del tamaño de tiburones con rostros de demonios enfurecidos y largas colas como látigos lacerantes, quienes se introducían en sus órganos reproductivos y, aunque resulte increíble, las fecundaban. De esta suerte, debido al acelerado desarrollo embrionario de los pequeños colosos, se produjo una carnicería aberrante y monstruosa: los frágiles cuerpos femeninos estallaban, en cadena, del mismo modo que un globo que se infla demasiado y se revienta, con la particularidad de que esta explosión desparramaba sangre en todas direcciones. Era la panorámica de un sádico y tétrico espectáculo de fuegos pirotécnicos.

Es así como esta metrópoli infausta se transformó en el recipiente de un blanquecino y rojizo fluido espeso, lo más parecido a un pote de yogurt de vainilla revuelto con cereales, frutos secos y frutillas.

CUATRO

Nunca se supo en detalle qué sucedió con el solitario gigante ni cuál fue el destino de su viaje obsceno, el viaje del héroe de corazón roto en proceso de redención. Sólo hubo un par de hipótesis infundadas. Pero le diré una cosa, amigo lector: lo que ocurrió con la colilla del cigarro que fumó tras su eyaculación, es digno de otra narración.

sábado, abril 09, 2011

Lo que mató a Segismundo


Lo que mató a Segismundo


El que desprecia el aplauso de la muchedumbre es que busca sobrevivir en renovadas minorías durante generaciones. (Miguel de Unamuno)


Otoño

Ya nadie se acuerda de Segismundo Andrade. Se suicidó cuando yo acababa de cumplir seis años y toda mi familia supo sobrellevar la pérdida, al parecer más rápido de lo que cuentan. Recuerdo que atendía una pequeña librería, que era el hermano de mi madre y que siempre andaba con dulces de menta. Es todo. La historia cuenta que se colgó de una viga en el garaje de su casa, tal como los célebres suicidas de todos los tiempos: atándose una soga al cuello. Se dice que antes de ejecutar el acto fue a dejar a su querida tienda de libros un cartel que decía “cerrado por duelo”. Ése era el tío Segismundo. El día de su funeral me dijeron que se volvió loco, ni una palabra más. Yo era sólo un niño, pero a medida que pasaron los años la explicación no fue mejorando.

Una añosa y enmohecida caja de cartón vino a despertar mi interés por su muerte, casi diez años después. Mi madre y yo limpiábamos el sótano de la casa, tras mucho tiempo de omitir su polvorienta existencia subterránea, cuando me topé con la susodicha en un rincón entelarañado. Se leía la palabra “Segismundo” en uno de sus costados, escrita con la tinta ya desteñida de un plumón negro. Rebozaba de libros, cuadernos y papeles, como si quisiera ser explorada. Se la mostré a mi madre y me dijo que me deshiciera de ella, que no era más que basura. Su indiferencia debió haberme molestado en algún nivel subconsciente, ya que nunca supe muy bien por qué llevé la caja a mi habitación.

Digamos que el tío Segismundo actuó como mi portal hacia otra dimensión. Es una buena analogía. Su depósito de cartón, al que podríamos llamar el residuo de su carácter, contenía libros de materias tabú aún para nuestra época. Había textos de filosofía moderna, historia de Oriente, física cuántica, ufología, viajes astrales, metempsicosis, estado del bardo, facultades parasensoriales, terapia subhipnótica y teosofía. Además de sendos ensayos, de puño y letra de mi tío, acerca de la inteligencia del Cosmos, de la decadencia del Hombre y de la agonía del mundo actual. Se imaginarán la hecatombe que produjeron en mí tales escritos, aunque lo más sorprendente fue otra cosa: su diario de vida.

Invierno

Me encandilé. Es una lástima que el hervor de la sangre, propio del entusiasmo, provoque obsesión y todas sus consecuencias. La desgastada caja de mi tío Segismundo operó en mí como un hallazgo revelador, fascinador; todo marchó de modo tan hipnótico que me aislé del mundo exterior, dejé de asistir a mis clases de la universidad y reprobé un par de ramos. Lo único que hacía era devorar textos que me remecían; por ejemplo, los ensayos escritos por mi tío, ensayos en que se repetía la idea de que nos hemos sostenido en visionarios que abrigaron la angustia de estos espacios infinitos, gente que concibió que vivimos un capítulo primario de la historia, una historia cuyos bestiales y obtusos personajes quizá nunca permitan su apogeo. Asimismo, los libros relativos a los planos del universo y a la intervención que la conciencia del hombre puede alcanzar en ellos, de intentarlo, me volaron la mente. Incluso hallé unas obras muy arcaicas y enigmáticas que me requirieron varios días de investigación, ya que estaban escritas en un idioma nuevo para mí (después supe que era sánscrito).

Había leído cerca de la mitad del material de la caja cuando me encontré con su diario de vida. Se trataba de un cuaderno con fechas esporádicas que iban desde 1972 hasta 1987. Su lectura era dificultosa; la caligrafía de mi tío era apresurada y el escrito estaba atestado de garabatos, diseños y apuntes con letra chica en torno al cuerpo principal de cada página, como si cada jornada hubiese sido redactada producto de un impulso incontenible. No quise leerlo de una sola vez, de rebato, sino que me di el tiempo de intercalarlo con otros textos; la idea era procesarlo, reflexionarlo, interpretarlo. Siendo honesto, quedé pasmado: su vida era fascinante, no precisamente por lo aventurera o novelesca, sino que por la complejidad de su carácter y lo que ello trajo consigo. Por medio del diario de vida, comprendí que mi tío Segismundo nunca transigió del todo con lo que le mostraban, de modo que emprendió una suerte de búsqueda mística algo errática, colmada de cuestionamientos existenciales y metafísicos.

Hasta ese momento, por lejos, lo que me había parecido más asombroso fue su participación en una secta, al parecer secreta y antiquísima, que suministraba dinero a sus miembros para que se dedicaran a la perfección de su alma y consiguieran liberarse de la dominación de los sentidos. Para explicar cómo llegó ahí es mejor transcribir las palabras que empleó en su diario: “fui invitado por un hombre que proyectaba una poderosa luz blanca de sus contornos”. Lo más curioso es que se trataba de un resplandor que sólo mi tío Segismundo y los integrantes de la congregación podían ver. Recuerdo haber leído con devoción el relato que hizo de su rito de iniciación: “fui llevado con los ojos vendados a un lugar con mucho viento y lanzado a un barranco, o lo que se sentía como un barranco; caí en agua y al intentar llegar a la superficie me topé con una especie de techumbre submarina; desesperado y ciego, busqué infructuosamente una vía de escape hasta que la asfixia me lo impidió. Más tarde, luego de que un paramédico extrajera el agua de mis pulmones con respiración artificial, fui recibido con un aplauso por los miembros de la congregación. El líder me explicó que acababa de experimentar una muerte simbólica, una suerte de alegoría del renacimiento que viviría”.

Primavera

Hablemos de moscas. Especies, morfologías, alimentación, formas de reproducción, hábitat. Es cierto, mi propuesta parece descontextualizada, pero me permite demostrarles el desconcierto que me provocaron trece páginas del diario de mi tío, trece páginas exclusivamente dedicadas a las moscas. Si bien los apuntes de su cuaderno carecen de un orden temático, un informe sobre insectos escapaba de toda lógica. Sólo después de un par de lecciones forzadas sobre biología parasitaria, que imagino de otra forma nunca hubiese aprendido, me topé con la razón de su fijación. A intervalos lúcidos, mi tío entregó fechas y antecedentes que me permitieron armar el rompecabezas, datos que poco a poco me hilaron una tormentosa crisis de angustia. La historia va más o menos así: de la noche a la mañana, mi tío decidió confinarse en su habitación. Al tanteo, pienso que estuvo unos seis meses en su alcoba; orinaba en botellas, defecaba en una vasija y consumía poca comida y muchas pastillas. Se la pasaba acostado. Al cabo de un mes, el hedor repletó el cuarto de moscas, las cuales por algún motivo embelesaron sus alteradas facultades mentales; perdido, escudriñó en los libros de su cuarto todo el material que pudo encontrar en torno a ellas, incluso en base a la observación sacó rupturistas conclusiones relativas a su comportamiento, como si fueran la clave. La clave que le diera la respuesta que buscaba. Leí el resto del diario de un tirón. No pude contenerme. Necesitaba saber qué lo llevaba a su muerte.

Después de su trance “mosco-melancólico”, hay un período de alrededor de dos años en que mi tío no escribe nada. Retoma el diario de vida una vez escalado el barranco, supongo. Tras su silencio, el primer escrito de su bitácora se extiende por numerosas páginas en torno a su retiro del culto; me pilló por sorpresa, pues a lo largo del diario sólo había hecho comentarios muy puntuales sobre el líder y un par de ceremonias. Estas hojas sitúan a su autoexilio antes de su encierro domiciliario, por lo que sugieren una relación causal entre ambos sucesos, aunque no podría asegurarlo. Durante las primeras líneas habla de su creencia en la inmortalidad del alma, pero un par de páginas después, caprichosamente, bifurca el camino y se enfoca en su renuncia a la congregación, la que fundamenta en la mediocridad espiritual de sus integrantes, a excepción del líder, a quien describe como un individuo excepcional. Explica que el hombre de hoy adolece de soberanas paradojas derivadas de su naturaleza animal, lo que lo lleva a repudiar la fe y padecer de un hambre de eternidad mal entendida, que favorece la vanidad y ensalza el nombre. No sé si comprendí lo que quiso decir. Al final, el cuaderno refleja una época de oscuridad, plena de melancolía, donde mi tío se refiere a su incomunicación con el resto, a la belleza de la vida bohemia y a su adicción al alcohol y a ciertas substancias derivadas de plantas exóticas. El diario acaba cuadro años antes de su muerte, carente de desenlace, y nada dice acerca de su suicidio.

Decidí dar otro paso en mi obsesión y planeé una pequeña investigación dentro de mi familia. Lo que hice fue elaborar un cuestionario acerca del tío Segismundo y usarlo para interrogar a todos mis parientes. La mayoría me conversó de sus vicios: me dijeron que lo habían visto borracho, drogado, ido. Nadie, sin embargo, me habló de su personalidad o de sus pasiones, ni siquiera mi madre, su única hermana. Según ella, fueron cercanos durante la infancia, pero el tiempo los apartó; en seguida agregó que era raro. Cada familiar que entrevisté empleó el mismo epíteto: raro. Supongo que las novias de mi tío no habrían dicho lo mismo, o tal vez sí, quien sabe. De acuerdo al cuaderno, tuvo tres parejas importantes: la señorita D, la señorita N y la señorita C. Así las llamó en su diario. Las tres lo abandonaron, pero a mi parecer sólo la señorita N tuvo razones de peso. Habría sido revelador conversar con alguna de ellas, pero nadie las conoció. Tampoco pude recurrir a mis abuelos, ya que fallecieron antes de mi interés por su hijo. Con todo, me topé con dos datos que llamaron mi atención: 1) averigüé que la librería de mi tío no vendía textos filosóficos, esotéricos ni científicos, sino que sólo literatura y poesía (este punto me recordó una frase de uno de sus ensayos: “el arte es una conexión invisible con el espíritu que a través de símbolos, metáforas y parábolas da cuenta de verdades elevadas que quizá nunca entendamos de ser reveladas por la vía directa”); y 2) comprobé que nadie recordaba haber visto su cadáver.

Verano

El paso del tiempo pasó inadvertido bajo la dulce embriaguez de mi entusiasmo. Cada día me sumergía un poco más en la intimidad de un hombre incomprendido y complejo; cada día me aproximaba un poco más a Segismundo Andrade. Llegué al punto de sentir el ansia desesperada de averiguar el verdadero motivo de su muerte. Mal que mal, hasta dónde yo sabía, la caja de cartón y yo éramos las únicas huellas de su paso por este mundo. Después de muchos textos, supe lo que debía hacer para alcanzar mi meta: leer entre líneas. Cada libro, cada ensayo, cada apunte de su diario. Todo estaba lleno de grietas, grietas que escondían la resolución del misterio, la clave de su muerte autopropinada. Un repaso general de mis lecturas me dejó dos teorías. La primera: el tío Segismundo está vivo, en algún lugar. Todo era un plan para empezar de cero. La caja y el cuaderno fueron una broma, tal como el cartel que colgó en su librería antes del “suicidio”; un chiste irónico y macabro. La segunda: cayó en una depresión terminal. Claro, mi tío era un sujeto cuya arraigada angustia lo hizo dueño de elevados niveles de conciencia, cuestionamiento y búsqueda; era lógico: su profunda sensibilidad no fue capaz de adaptarse a la decadencia espiritual e intelectual del mundo de hoy. Tengo que confesar que todo esto también me agobia. Siento que me abro paso en un territorio deslumbrante, colmado de ocultas y maravillosas ventanas, pero perturbador. Todavía no sé si lo que estoy haciendo es bueno o malo.

Se acabó el año. El año en que conocí al tío Segismundo. Podría hablarse del fin de un ciclo, sin embargo, fue sólo a finales de febrero cuando leí el último escrito de la caja; recién entonces supe que debía apartarme de ella, al menos por un tiempo. El resultado: mejoré mi rendimiento en la universidad, activé mi vida social, empecé a hacer algo de deporte. Pero claro, ahora un tejido distinto lo revestía todo. A modo de cierre, construí una repisa, la puse en mi habitación y la llené con los textos de mi tío, ya libres de polvo y telarañas. Conservé la arcaica caja de cartón en mi cuarto unas semanas, de sensiblero que soy, hasta que comprendí que no se trataba de una pieza invaluable, sino que de mohosos pedazos de cartón que enrarecían el aire. Cuando la cogí para botarla, noté algo insólito: su crecido peso discordaba con su ausencia de carga. Tal cual. La examiné y estaba vacía. Algo anormal estaba sucediendo; mágico, dirían algunos. Presuroso, la inspeccioné de nuevo y me di cuenta que contaba con un fondo falso. Con el arrebato de la pasión, retiré el cartón adicionado y me encontré con unas cintas en su base. Fue así cómo supe que mi tío oía a The Beatles, The Doors, ELO, Wolfgang Amadeus Mozart, Frederic Chopin, entre otros. Pero fue una cinta de video la que me sobrecogió por completo, la cinta de video en la que Segismundo Andrade se despide del mundo.

La película operó en mí como una suerte de catarsis terapéutica. Pulsé PLAY: mi tío encendió la cámara, se situó en un desgastado sillón de cuero y comenzó a hablar. La distorsión de la pantalla, propia de la antigüedad de la cinta, daba al video un aire mítico. La imagen de mi tío era estremecedora, violenta. Tenía un aspecto desaliñado y gesticulaba con un brío escalofriante. Irradiaba un talante desesperado, atormentado, guerrero. Por un momento sentí ganas de llorar, pero me reprimí. Vestía con despreocupación: una camisa blanca, un pantalón de cotelé, un vestón café. Todo su atuendo lucía viejo, de segunda mano. Divagó cerca de media hora. Empezó discurriendo acerca de lo que él llamó “verdades cósmicas”. Explicó que nosotros, la humanidad, éramos simples partículas de un plan maestro, dominando continuamente nuestros instintos biológicos básicos y experimentando día a día el equívoco para perfeccionar un tipo de vida superior; un escenario inconcebible para nuestras estructuras cerebrales y concepciones materialistas. Puso énfasis en lo que llamó “la materia prima invisible del ser humano”; según él, se trata de la esencia de la que estamos hechos y de la grandeza espiritual a la que podemos aspirar. Añadió que el hombre es una criatura maravillosamente trágica, capaz de amar, sufrir y perdonar como ninguna otra en el universo. En seguida, se extendió por varios minutos en torno a la naturaleza del amor, reprochando la dinámica de poder y egoísmo de las relaciones sentimentales. De la nada, se abstrajo y agregó que la vida era cíclica, como las estaciones del año. Como las malditas estaciones, remató. A continuación, se quedó en silencio, taciturno, mirando sin ver, durante unos treinta segundos, los treinta segundos más celestiales de mi vida. Entonces, parsimonioso, miró al frente, declaró que debía suicidarse, fue por una soga, dijo adiós, se acercó a la cámara y la apagó. De súbito, entendí lo que mató a Segismundo. La tercera teoría acerca de su fin me golpeó como una patada en el pecho: mi tío halló lo que buscaba; la respuesta a la pregunta. La muerte era su único acceso.

23 de julio, 2001.

Nota

Han transcurrido ocho años desde que escribí las líneas que usted, lector, acaba de leer. Las repasé hace unos veinte minutos y todavía siento nostalgia. Mucha agua ha pasado bajo el puente. La distancia interpreta, desentraña. La vida se encargó de esclarecerme varias de las lagunas que propone mi narración, a través de extrañas y hermosas formas, pero sigo añorando la sensación que experimenté en aquella época. El tío Segismundo me introdujo en la naturaleza misma del misterio, en la esperanza que abriga lo desconocido. Hoy sé mucho más de él: conocí a personas que fueron sus amigos, leí el resto de su obra y, sobre todo, recabé nuevos antecedentes sobre su muerte. Pero nada de eso importa tanto como descubrirlo del modo en que yo lo hice. Tal vez usted está intrigado, pero le propongo algo: no sepa nada más y teorice, cavile. En lo personal, su historia me hizo ver una hermandad enigmática y consoladora entre el amor y la muerte. Seguir escribiendo sobre el destino de Segismundo Andrade implicaría privarlos de la satisfacción de comprenderlo por su cuenta. De hecho, yo aún no lo dilucido del todo, pero tengo una corazonada: las moscas deben tener la respuesta.

14 de agosto, 2009.

lunes, octubre 11, 2010

"La obscena muerte de la chica mutante" (cuento)


[Afiches por Pablo Méndez Ortiz]


Señoras y señores:

Están cordialmente invitados a leer mi repugnante cuento “La obscena muerte de la chica mutante”, el equivalente a un vómito de una nauseabunda bestia deforme. Quedan advertidos, eso sí, de que se sumergirán en un mundo pervertido del cual tal vez se arrepientan de haber entrado, pero que posee la tentadora belleza de una puerta hacia un abismo infernal, o la poesía de un motel olvidado en medio de una carretera desolada y en llamas.

Sean bienvenidos y despierten su lado depravado y aberrante, aunque sea por el tiempo que dure esta lectura.


Mis agradecimientos a mi buen amigo Pablo Méndez Ortiz por sus geniales ilustraciones, realizadas por la mera amistad y amor al arte. Cabe mencionar que son de su mérito exclusivo, ya que tuvo libertad creativa. Un capo.



Opciones para leer el cuento:

1) Online AQUÍ.

2) Descargar un bonito y cómodo archivo PDF AQUÍ.




ADVERTENCIA:
Esta lectura no es apta para gente impresionable.

lunes, abril 20, 2009

Hipérbole


Seré honesta, no tiene sentido no serlo. Aquí va: soy terrible y espantosamente fea. Un esperpento, por decirlo así. A mi lado el hombre elefante es Brad Pitt. Lamentablemente, vivo en un mundo donde soy lo opuesto a lo que las convenciones sociales consideran bello y lo tengo más que claro. ¡Soy horrible! La cultura me ha determinado como un ser humano de segunda clase y he aprendido a aceptarlo, pero ojo: no a compartirlo. Lo peor de todo es que soy más cachonda que prostituta en cautiverio y nadie me pesca. Lástima, para el mundo, que hay un problema con marcar a la gente: te da la autoridad moral para devolver la mano. No se trata de venganza, se trata de compensación. Soy mujer, ¡por Dios Santo! ¡Tengo necesidades! ¿Alguien me va a culpar por lo que hice? ¿Alguien se atrevería a hacerlo? Imagínense: llego a estar verde de caliente y me dicen que va a haber una fiesta donde regalan alcohol. ¿Qué es lo primero que pensaré? ¡Obvio! Hombres borrachos dispuestos a comerse lo que sea. Incluso a mí, la muñeca del diablo. Llegué a la famosa fiesta, algo ebria, a eso de las dos de la madrugada. ¿Acaso me juzgan por estar ebria? ¡Lo hago por salud mental! ¡Entiéndanlo, insensatos de mierda! ¡Soy un monstruo! Lo vi vagando sin rumbo, ido. Era mi tipo, porque todos son mi tipo. Compartimos un cigarro y lo embestí con un beso. Se resistió un poquito, sólo un poquito. Era perfecto. Estaba tan borrado que no se daba cuenta con quién estaba ni dónde estaba; simplemente me siguió el amén. ¿Se le pararía? Creí que sí. Recé por que sí. Le tomé la mano y lo guié a mi automóvil. Le di unas cervezas para mantenerlo así, tal cual. Me detuve en un motel, pagué, lo llevé a la pieza. Me desvestí, desesperada. Lo desnudé y lo manoseé como loca. Él creía estar en un sueño vago, supongo. Apenas me tocaba y yo casi convulsionaba. Endemoniada, me abalancé a su verga y la succioné bordeando el llanto. Fui feliz, tristemente feliz. Me regodeé de su textura y de su aroma costero como un animal hambriento. Pero su sexo no despertaba y ni siquiera era capaz de moverse: se había quedado dormido. Ejecuté el plan B, el riesgoso plan B. Saqué de mi cartera una tira de pastillas azules, las molí, las deposité en un vaso de cerveza. Lo despojé de su sueño y lo forcé a ingerir el brebaje, todito. No fue difícil: su fuerza de voluntad había aterrizado a cero, como un juguetito. El bate que creció en su ingle lo despabiló un tanto y trató de huir: bajó de la cama, cayó al suelo, se arrastró hacia la puerta del cuarto. Estaba atolondrado y lento. Por un instante sentí compasión, pero no duró mucho. Toda guerra trae víctimas, así que continué. Repito: no se trata de venganza, se trata de compensación. Inmisericorde, amarré sus brazos y sus piernas a cada uno de los extremos de la cama y cubrí su boca con cinta adhesiva. ¿Me culpan? ¿En realidad me culpan? Soy un resultado, una estadística, karma puro. La historia del hombre me adeuda una indemnización por daño moral y simplemente la estaba cobrando. Cabalgué sus genitales, cerré los ojos, soñé que alguien me tenía ganas. El autoengaño era la única posibilidad de depositar el amor que me sobraba a raudales, la única posibilidad de sentirme persona y no parásito, aunque sea por un rato. Alcancé un orgasmo y volví a mi patetismo, de golpe. Miré su rostro de pelmazo ebrio y lo supe: estaba muerto. Infarto por sobredosis, dijo el forense en la audiencia en que se me acusó de violación y cuasidelito de homicidio. ¿Por qué no nací en una tribu indígena? ¿Por qué no nací en alguna época con otros cánones de belleza? ¿Por qué no nací en otro planeta? ¿Por qué nací? Estoy en la cárcel, esta suerte de domo social, y pienso que me encuentro en el lugar donde se suponía que estuviera, por lo menos en este mundo o en esta vida. Cada día me miro al espejo e intento no desfallecer: soy obesa, mido un metro y medio, tengo los ojos los saltones, nariz de cerdo, un lunar de diez centímetros de diámetro en la mejilla izquierda, más dientes de los que debería, acné permanente, mi mandíbula inferior sobresale del plano normal, me crece barba y estoy quedando calva. ¿Alguien, realmente, se atrevería a culparme por lo que hice?

miércoles, marzo 25, 2009

Del otro lado de la ventana*


Es sábado por la noche y Gregorio Fernández mira desde la ventana del living-comedor de su departamento en el piso treinta y seis al edificio de enfrente. La panorámica: cientos de pequeñas vidas exhibidas a retazos. Desde que se mudó de casa, cerca de cuatro meses atrás, cada noche da una ojeada a lo que la gente deja ver a través de sus ventanas. El par de edificios, intercalados por una frenética y apática avenida, comprende una cuadra completa y cada uno tiene cincuenta pisos; parecen murallas morbosas que se miran cara a cara y se enseñan sus partes privadas, o espejos voyeristas que transmiten episodios mundanos, tragedias domésticas, amores furtivos y alegrías fugaces. Es sábado por la noche y casi es año nuevo. Con una copa de cola de mono en una mano y una rebanada de pan de pascua en la otra, Gregorio observa cenas familiares, veladas románticas, borracheras de adolescentes, fiestas entre amigos y cosas por el estilo; burbujas íntimas de condominios impersonales dentro una ciudad colapsada y fría. Gregorio Fernández, de pronto, se siente solo.

Alguien llama a su teléfono móvil y atiende al primer ring. Número equivocado. En seguida ingresa a Messenger y a facebook. Nadie está conectado. Vuelve a la ventana cuando escucha que en algún departamento empiezan a gritar un conteo regresivo desde el número diez. El mundo es una marioneta manipulada por el frenesí envolvente y el fragor jubiloso, piensa Gregorio en un arranque poético. 3, 2, 1: ¡feliz año nuevo! La misma exclamación viene de distintas direcciones. Gregorio enciende un cigarrillo, se sirve más cola de mono y pone música en su notebook. Suena The widow de The mars Volta. Por las ventanas observa que casi todos ejecutan el mismo ceremonial: abrazos, palmoteos y que pase el siguiente. Gregorio quiere hablar con alguien, con cualquiera. Toma su celular, bebe un largo trago, repleta por duodécima vez su copa y disca el número de un servicio de sexo telefónico.




* Este cuento obtuvo una mención especial en el "Concurso de creación literaria joven Roberto Bolaño" del año 2009.

viernes, febrero 13, 2009

Coincidencias: Los Cronocrímenes y Agujero de gusano



Una de las mejores películas que vi el año pasado fue Los cronocrímenes. Siempre me han atraído los viajes en el tiempo (de ahí que amo Lost y Donnie Darko, entre otras razones por supuesto) y el argumento de esta cinta aborda el tema con gran originalidad y con una simpleza perfecta. Realmente. Visualmente hablando, tiene ideas muy atractivas que se condicen con la sencillez técnica que utiliza Nacho Vigalondo (el director). Por lo demás, la película se sustenta netamente en su genialidad; cualquier efecto digital (en el caso de haber habido más presupuesto) hubiese sido opacado por su inmejorable trama. El filme nos presenta a un tipo común y corriente que fortuitamente viaja en el tiempo y que se transforma en una suerte de héroe moralmente ambiguo que pasa a dominar el tiempo y el espacio en una circunstancia descabelladamente ingeniosa, donde hay enredos, equivocaciones, confusiones y muertes. La película nos habla de las paradojas del tiempo y del hombre en una historia de una exactitud admirable. Vale la pena mencionar, de paso, que la película fue un éxito en España (su país de origen).

Cuando veo estos filmes donde lo que impera es la historia y, principalmente, la originalidad, pienso en el cine chileno y me pregunto cuándo empezarán a aparecer cintas de este tipo: premisas simples, de fácil ejecución, pero sublimemente creativas. Falta alguien así. Que a alguien se le ocurra un Old boy o un Memento o un Being John Malkovich. Algo que sorprenda. Pero no. Seguimos con lo mismo de siempre y los que intentan innovar carecen de lecturas suficientes para urdir un guión que golpee.

A fines del 2007 escribí un cuento muy fallido, pero cuya idea central me parecía muy llamativa. Se llama Agujero de gusano. Básicamente, se trata de un tipo que encuentra un portal del tiempo y que se topa consigo mismo. Después viaja de nuevo y se encuentra con dos versiones de sí mismo: la original y la que viajó. Quien haya visto Los cronocrímenes estará levantando una ceja. Mi cuento es humilde, defectuoso, insignificante, etcétera, pero, sin saber de su existencia, tiene notables similitudes con una película excelente: el entorno campestre donde se desarrollan los hechos, los múltiples duplos del protagonista que van apareciendo durante la trama, el enfoque centrado en la segunda realidad espacio-temporal, el hecho de que el viaje en el tiempo sólo sea hacia atrás (en mi cuento un día atrás y en la cinta horas atrás), la naturaleza del protagonista, entre otras. También hay diferencias. Son ellas, justamente, las que hacen que Los cronocrímenes pisotee a mi modesto relato. Además, los méritos del filme están dados por dos elementos: la historia (el guión) y la estupenda narración visual que la enaltece.

Tras ver la película, hace un tiempo ya, me motivé a corregir un poco el cuento; está más pulcro pero no me convence (le sobran algunas partes y les falta desarrollo a otras), sin embargo, si alguien ha visto la película es un ejercicio interesante ver las semejanzas.

Aquí un fragmento incomprensible del cuento:

El agua succionó el cuerpo de Tomás por un lapso de unos ocho segundos, entonces empezó a emerger. En la superficie, lo rodearon los objetos que lanzó al agua poco tiempo atrás, el bote no estaba y a unos treinta metros un hombre nadaba velozmente hacia la orilla. Tomás también braceó hacia la ribera y, a los pocos segundos, observó que el individuo llegaba a tierra y se internaba a toda prisa entre los ramales. Extrañamente, el clima estaba mucho más caluroso y el misterioso sujeto, al igual que él, sólo vestía calzoncillos.

Tomás llegó a la orilla y se topó con el bote y el equipo de pesca situados en el mismo lugar donde los halló antes de usarlos. Desconcertado, se adentró entre los ramales en busca del desconocido y de una explicación. Tras avanzar unos metros, escuchó disparos y un grito. Cauteloso, avanzó hasta la explanada y dilucidó el enigma. A Tomás se le atravesó el corazón en la garganta. A seis metros de distancia se hallaba un doble suyo, digamos Tomás Palmer “C”, junto al cadáver del hombre en calzoncillos. La conclusión resultaba, a la vez, imposible y lógica: había viajado en el tiempo un día atrás.

Nuestro protagonista, a quien podremos llamar indistintamente Tomás Palmer o Tomás Palmer “B”, observaba los hechos oculto detrás de un árbol. En cierto instante, captó que él y el cadáver eran exactamente iguales y que estaban en las mismas condiciones. Todo apuntaba a que el muerto era otro doble. Palmer esperó que Tomás “C” fuera a ocultar el cadáver y entonces confirmó su hipótesis: se trataba de otro Palmer. Sumando y restando, concluyó que habían tres Tomases paralelos, entre ellos él mismo, y que el Tomás Palmer original, vale decir, el Tomás Palmer “A”, era el hombre en calzoncillos que mató en la realidad que abandonó al arrojarse al círculo marino.

Cuento completo aquí

domingo, noviembre 16, 2008

Hoja suelta


Hace tiempo que no publico un post y me da lata. He andado en otra y, por ende, poco lúcido en lo que a escritura respecta. Esto es un ínfimo fragmento de un cuento lleno de ideas que empecé hace un tiempo, claro que tiene pa’ rato. Le tengo fe eso sí. Si bien no suelo mostrar cosas incompletas, la inactividad del blog lo amerita.


Octubre 11, 2014.

Cuando me deprimo me da diarrea. He llegado a evacuar más de dos litros de heces líquidas en un día. Normalmente, de tanto defecar se me irrita el ano y me da una picazón insoportable. Gran parte de esta semana la he pasado en el baño: ha sido espantoso. Me rasqué tanto que me herí el recto. Esta vez ha sido peor que las anteriores, mucho peor. Desde el lunes que siento un nudo en la garganta y una angustia devastadora comprime mi pecho. Además, me dio una especie de taquicardia y mis ojos con frecuencia quieren llorar. He pasado estos días transitando desde mi cama al excusado y viceversa. A ratos exploto y lloriqueo por horas. Soy un estropajo. Hace seis días que no me baño ni salgo de mi casa. Lo único que hago es excretar, permanecer en mi cama en posición fetal y, una vez al día, ir a la cocina y embutirme lo que sea: latas de atún, pan duro con mayonesa o manzanas. Mi estado anímico yace en el suelo, aplastado por un derrumbe de congoja. Desearía tener acceso a psicotrópicos y envolverme en pastillas; lástima que no tenga trato con narcotraficantes ni farmacéuticos, aunque si lo tuviera no sé si tenga la energía suficiente para salir de mi domicilio en su búsqueda. Cada día que pasa me levanto menos: perdí el ímpetu. Tal vez estoy sufriendo del colapso de una sensibilidad exacerbada que derivó en depresión, en realidad no sé. Hay algo en el género humano que me hace desagradar particularmente y de vez en cuando saturar, no sé bien qué es, quizá sea su deliberado y campante estado de ignorancia o a lo mejor su minúscula percepción del mundo. El inalcanzable misterio que nos circunda me abruma y cada cierto tiempo me dan crisis de melancolía, pero esto ha ido más allá.

miércoles, septiembre 10, 2008

El misterio del hombre del maletín*


PRIMERA PARTE.

I.
Soy noctámbulo, no recuerdo desde cuándo. Me acuesto cerca de las 8 y despierto casi a las 13 horas. Durante mucho tiempo no le trabajé un peso a nadie, más del que hubiese querido. Bebía, veía televisión, divagaba. Desde la muerte de mi padre, nadie se atrevía a formularme regaño alguno. Hasta que colapsé. Pasé un mes, tal vez dos, tumbado en mi cama. Nadie acudió. Una tarde, instintivamente, me levanté. Compré el diario y ojeé la sección de empleos. Un conciso anuncio llamó mi atención: se requiere recepcionista en horario nocturno para motel. La frase remataba con un número telefónico. El universo me volvía a sonreír.

II.
Corría el tercer mes de trabajo. El motel se llamaba “La novia fugitiva” y se encontraba en una calle a trasmano. Digamos que absorbía a un sector socioeconómico medio-bajo. No había camas en forma de corazón, espejos en el techo, jacuzzi, televisión con programación especial ni servicio de restaurante. Y si había iluminación a medias, no era precisamente por una razón estética. Las unidades elementales de la actividad motelera, sin embargo, estaban: la pieza, el catre y el baño.



* Este cuento obtuvo una mención honrosa en la séptima versión del Concurso literario "Mi vida y mi trabajo" del año 2008.

viernes, agosto 08, 2008

Perdidos en Bangkok


I.
Íbamos en un ascensor. Éramos Mónica Bellucci y yo. Un hombre común y una mujer inalcanzable unidos en una circunstancia. Nos dirigíamos a fornicar. Estábamos en el Lebua at State tower, un lujoso hotel de Bangkok. Nos conocimos en la sexagésima tercera planta, en el Sirocco, el sky bar más alto del mundo. La distinguí y no la perdí de vista. Ella miraba la fabulosa y resplandeciente ciudad y yo bebía un whisky. Éramos los únicos rostros occidentales. Atravesé la pista de baile y me situé a su lado. Dije: Thailand is a mixture of modernity and tradition, you know. Oí resonar las palabras en mi cabeza y me sentí como un guía turístico. Mónica sonrió. Créanme, fue extraordinario. Eso bastaba. Si arruinaba el diálogo, conservaría esa sonrisa.

- Where are you from? - dijo.
- Chile.
- Chile?
- Salas, Zamorano, Pinochet, Neruda…
- ¡Ah! Chile.

Un chilenito promedio y la actriz italiana más sensual del mundo. A eso le llamo estar en el lugar justo en el momento preciso. El idílico escenario y el alcohol afirmaban mi peso existencial. En otras circunstancias, a su lado me hubiese sentido como un insecto. Le pregunté qué hacía en Tailandia y me explicó que rodaba una película. Hizo lo propio y le revelé que me daba las vacaciones de mi vida. Entretanto, le extendí una cajetilla de Lucky strike Light con un cigarrillo sobresalido y le ofrecí fuego; luego encendí uno para mí. Mi maniobra fue fluida y me sentí orgulloso. Cada uno de sus gestos y movimientos eran un acto de una belleza sublime. Hablamos y bebimos durante casi una hora. Entonces ocurrió un milagro.

- Do you want to come to my suite and have sex with me? - me dijo.
- Are you kidding me?
- No.

Hubo un silencio de siete segundos, en seguida respondí.

- Yes, i will fuck you.

II.
El ascensor se detuvo en la vigésima quinta planta. Caminamos en silencio hasta llegar a la habitación 28 e ingresamos. Me hizo pasar al balcón, luego dijo que volvía en un segundo y me dejó solo. La vista era maravillosa, el río Chao Phraya y la modernidad en su máxima expresión creaban un cuadro majestuoso. Mónica volvió con dos whiskys y dos pastillas. Puso una en su boca y otra en la mía, después me instó a digerirla con un prolongado sorbo. Estaba entregado, como un rehén. Conversamos cosas que no recuerdo y acabamos nuestros vasos. El beso fue arrebatado y a quemarropa. Nuestras lenguas tuvieron sexo. Ambos sudábamos y jadeábamos y palpábamos y ansiábamos. Nuestra acompañante, la gloriosa panorámica nocturna, se reía de nuestra fragilidad y finitud.

Cerré los ojos. Los abrí y estábamos en su cama. En una de las paredes de la alcoba lucía un enorme plasma que exhibía el video clip tear us apart de She wants revenge. Una imagen obscenamente sexy armonizaba el ritmo electro pop: la vacilante desnudez de Mónica sobre mí. Nuestras distorsionadas percepciones se fusionaban en deliciosos vaivenes y caricias. Me besó y de nuevo cerré los ojos. Volví a ver y ella ahora estaba boca abajo recibiendo mis arremetidas. Todo era difuso, como un sueño.

De golpe, aterricé en la tangible realidad: mi cópula con una actriz mundialmente famosa. Me desprendí de la carnalidad del contexto y saqué conclusiones. Estaba follando con un concepto estético imperante. La belleza es un poder, tal como lo es el dinero y las armas. En cierta forma, pensé, mi acto sexual con Mónica Bellucci equivalía a hacerme presidente de una empresa multinacional o a poseer una bomba atómica. Tenía sexo con el emblema contemporáneo de la belleza. Me sentí el rey del mundo, justo después eyaculé.

III.
En la mañana desperté con las rodillas débiles. Sentí una ambigua mezcolanza de sensaciones: satisfacción, pudor, vergüenza. Comprendí que lo más difícil sería la conversación matutina. La clásica timidez del chileno saldría a flote. Mónica estaba en el balcón del cuarto charlando por celular. Hablaba en francés. No entendí nada, sin embargo, escuché varias veces la palabra Vincent. Entró a la habitación y simulé estar dormido. Caminó de aquí para allá y finalmente oí un portazo. Me levanté y vi una nota sobre la cama.

"I had to go. I spent a really good time with you, i hope you too. Bye, stranger."

La firma decía Mónica B.

Con una sonrisa indestructible, prendí el plasma. En todos los canales de televisión se hablaba de un insólito eclipse lunar que tuvo lugar a eso de las 2 de la madrugada. Varios científicos expresaron sus opiniones y algunos se atrevieron a decir que se trataba de un síntoma del fin del mundo. Ciertas personas, incluso, describieron asombrosos sucesos de que fueron objeto durante la noche. Apagué la pantalla y espontáneamente exclamé lo siguiente: ¡bendita anomalía lunar!

viernes, mayo 23, 2008

El hombre invisible


Paso por perdedor. Doy pena, está claro. Estoy en una discoteca y nadie nota mi presencia, absolutamente nadie. Soy escuálido y uso anteojos poto botella. Visto una camisa blanca onda disco y una chaqueta de cuero negra. Aparte, ostento un bigote de galán porno setentero y me peino con abundante gel. Soy la versión nerd de un narcotraficante colombiano. Conforme a lo que me he fijado, provoco una vergüenza ajena que se olvida al mirar a otra parte. Suena un reggaeton que habla de sexo anal y dos chicas salen a bailar. Todo aquel que se les acerca es rechazado, inapelablemente. Desde mi rincón, las observo y me doy cuenta que una es un bombón. Se ve en sus ojos que aún no entiende el status sociocultural de sus nalgas carnosas. Me dan ganas de sodomizarla, salvaje y tiernamente. En todo caso, la ingenuidad de una sexualidad latente suele ser pasajera. La otra es su contraste. Podría definirla como una pelolais con sobrepeso. Sus pechos por poco alcanzan su ombligo y su panza es prudente. Posee una displicencia inmerecida que me excita y me enfurece: la mezcla perfecta. Baila con el desdén de una top model, claro, pero evidentemente no lo es. El vaivén de su obesidad, con todo, me ocasiona un efecto hipnótico. Tengo que decirlo: su pubis es gigantesco. Luce un pantalón elasticado color beige que lo hace ver extraordinariamente prominente, casi pornográfico. Además, tiene el tronco muy corto; la pelvis está justo debajo del ombligo y acaba con el pantalón internándose en sus labios superiores. Pienso: qué pedazo de coxis. La imagino jadeando; primero gemidos tenues, luego gritos de parto. Me mira y no me ve. O no me quiere ver. O no le importa. Nadie me ve y a nadie le importa. Soy el flaquito de la esquina, el flaquito pervertido. El lobo con piel de oveja. Leo sus labios, dice que va y vuelve, la sigo. Soy el hombre invisible, el que nunca estuvo. Entra al baño, me filtro, le toco el hombro. Voltea y se encuentra conmigo y con mi pañuelito con cloroformo, a tres centímetros. Le aprisiono el cuello y pongo el trapo contra su nariz. Transcurridos tres segundos, se duerme y cae en mis brazos. Los cubículos son espaciosos y esbozo una sonrisita perturbada. ¡Maldita perra exhibicionista! ¡Te la buscaste! Cierro la puerta de una de las casillas, la ubico junto al inodoro, la desnudo. Saco un frasquito con vaselina y con mis dedos índice, medio y anular lubrico su vagina y su recto. Así me gusta: piluchita y calladita. A lo necrófilo. Tomo asiento en el retrete y calzo su vagina sobre mi sexo. Sacudo mi pelvis hacia delante y hacia atrás, miro el ir y venir de sus carnes, estrujo sus glúteos. La veo y pienso: me estoy tirando a un zombi. Sus ojos quieren abrirse, de súbito, y la duermo otra vez. ¡Bendito pañuelito! En seguida la pongo boca abajo y me sitúo por detrás. Su esfínter anal está apretado y aplico más vaselina, un tanto más. Logro yacerla y se pone a sangrar. Un poquito de sangre no le hace mal a nadie, seamos honestos. Cada penetración renueva el temblor de su adiposidad gelatinosa, deliciosamente. Interrumpo el coito y eyaculo en su espalda, por supuesto. De pronto siento nauseas. La atmósfera está espesa, muy espesa. El revoltijo de cloroformo, sangre y semen se cuela por mis fosas nasales y hace dar vueltas a mi cabeza. Mi estómago empieza a retorcerse y a los segundos vomito, ferozmente. A continuación, mis párpados se tornan pesados y me derrumbo en el charco de esperma y regurgitación de su dorso. Despierto y ambos seguimos allí. Milagrosamente, ella aún está anestesiada. Pienso: me salvé. Vomito de nuevo, la limpio lo mejor que puedo, la visto. Echo un vistazo a mi verga: tengo el glande irritado, sangriento y con materia fecal. No me importa. Hay gente en el baño; espero que se vayan y la cambio de cubículo. Ahí la dejo, vestidita y peinadita. Excepto por la abertura de su conducto excretor, todo habrá sido una pesadilla vaga. Vuelvo a la discoteca y nadie me ve, obvio. Todavía soy el hombre invisible. Sigo algo mareado y me tropiezo. Motivo risas, pero mayormente indiferencias. Salgo a la calle y fumo el cigarrillo de la victoria, otro más. Es hora de irme a casa. Boto el bigote en un tacho de basuras, me despeino un poco, guardo los anteojos. En resumen: otra se agrega a mi cuenta de violaciones imperceptibles.

sábado, mayo 03, 2008

Agujero de gusano


A José Vega. Que, aunque el cuento quizá no sea de su agrado, estuvo atento al destino de Tomás Palmer.

Haga click aquí: Agujero de gusano

viernes, noviembre 09, 2007

Mesías

Otro cuento: "Mesías". Dedicado a Karl Graf y Daniel Villaroel. De los pocos que leen mis cuentos y me los comentan. ¡Ahí les va!

jueves, septiembre 13, 2007

Satiriasis

UN CUENTO NO APTO PARA SEÑORITAS.



lunes, agosto 13, 2007

miércoles, julio 25, 2007

jueves, mayo 31, 2007