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viernes, septiembre 11, 2009

La avispa


Regocíjese con este genial relato de Richard Wilson.

LA AVISPA

La avispa chocó, zumbando, contra el cristal del parabrisas, en el interior del coche, y el conductor notó la presencia del insecto por primera vez. En aquel momento iniciaba una curva a cuarenta y cinco millas por hora, de modo que no pudo hacer nada. Cuando pasó la curva, el hombre, que iba solo en el automóvil, alargó la mano y abrió la ventanilla de la derecha. La pequeña ventanilla de ventilación de la izquierda ya estaba abierta. El hombre agitó la mano, no demasiado cerca de la avispa, como para señalarle el camino de la libertad.
La avispa continuó zumbando y no hizo el menor caso de la ventanilla abierta. Sus alas siguieron chocando contra el cristal del parabrisas.
Dos veces más, cuando el tránsito lo permitió, el hombre trató de comunicar a la avispa que había un camino para salir del coche. La segunda vez, la avispa zumbó furiosamente, en un crescendo, y el hombre decidió no insistir. No había sido picado nunca por uno de aquellos animalitos, pero ésta podía ser la primera vez, si la avispa se enfurecía.
Al cabo de un rato, la avispa dejó de zumbar y empezó a revolotear de un lado a otro. El insecto debió entrar en el automóvil cuando éste se encontraba aparcado cerca de la casa, antes de que el hombre lo pusiera en marcha para dirigirse a la ciudad. El día era muy caluroso, y había dejado las ventanillas abiertas a fin de mantener ventilado el vehículo.
Al pasar junto a uno de los mojones de la carretera, el conductor comprobó que había recorrido diez millas. Casi la mitad del camino. En cierta ocasión había medido la distancia: 22,2 millas desde su casa hasta el lugar donde aparcaba el automóvil para tomar un metro que le llevaba hasta el centro de la ciudad.
Se preguntó si el hogar de la avispa no estaría situado cerca del suyo. Había un nido de avispas debajo del alero de su casa, lo suficientemente alto como para no ser un peligro para nadie. Si hacía salir a la avispa del vehículo, el animalito se encontraría muy lejos de su hogar, a pesar de su capacidad de vuelo, la cual, por otra parte, era un misterio para el conductor. Tal vez no pudiera regresar a su nido. Tal vez no pudiera encontrar otra colonia de avispas, y si la encontraba, tal vez no fuera aceptada en ella.
Normalmente hacía funcionar la radio del coche; de haber seguido esta costumbre en aquella ocasión, se hubiera olvidado de la avispa en cuanto dejó de zumbar. Pero la radio estaba estropeada y, por tanto, la mente del conductor disponía de la atención necesaria para dedicarla a la pequeña fantasía sobre la desplazada avispa.
Obedeciendo a un repentino impulso, volvió a cerrar la ventanilla de la derecha. Había decidido encerrar a la avispa en el automóvil y hacer con ella el camino de regreso. Sus asuntos sólo le retendrían en la ciudad unas cuantas horas, y luego, los dos —la avispa y él— regresarían a casa.
Los movimientos que hizo al cerrar la ventanilla sobresaltaron a la avispa. Zumbó frente al rostro del conductor, luego alrededor de su cabeza y, por último, fue a chocar contra la ventanilla que acababa de cerrarse.
«Eres una tonta —dijo el hombre, en tono casi cariñoso—. Te llevaré a casa, quieras o no.»

Evidentemente, el hombre del rifle era un cazador. O, para ser más exactos, un cazador furtivo. La temporada de caza había terminado, y si le sorprendían en el coto, con un arma de fuego, le darían un disgusto.
No había conseguido cobrar ninguna pieza, y su ánimo, bajo el cálido sol del mediodía, se mostraba afectado por una gran depresión. Estaba en pie desde antes del alba, y se sentía muy fatigado.
Iba andando, murmurando en voz baja, cuando vio el reflejo del sol sobre un objeto metálico, en un claro del bosque, a poca distancia del lugar donde se encontraba. Un edificio, al parecer; aunque es difícil imaginar la existencia de un edificio en un lugar tan apartado.
Apresuró el paso y, cuando estuvo más cerca del objeto, comprobó que no era un edificio. Llegó al borde del claro, lo distinguió con claridad y, contra lo que le mostraron sus propios ojos, se negó a admitir la evidencia.
Parecía una nave espacial. Al menos, tenía el aspecto de las naves espaciales que el cazador había visto en el cine y en las revistas infantiles. Pero no estaba dispuesto a aceptar una cosa como aquella en el terreno de la realidad.
Había leído las noticias que publicaban los periódicos acerca de las investigaciones espaciales y de los satélites construidos por el hombre que podían situarse por encima de la atmósfera terrestre. Pero eran habladurías.
Sin embargo, aquello que tenía ante sí existía. Estaba allí... Fuera lo que fuese.
A su alrededor no había cabañas ni cobertizos, lo cual demostraba que aquél no era el lugar en que había sido construido. Ni tampoco se veían cámaras, ni actores, ni otros elementos de rodaje cinematográfico. En realidad, no había nada, excepto la nave, larga, plateada, descansando sobre su cola.
Su puerta ¿o la llamaban escotilla? estaba abierta. El cazador no pudo ver a nadie dentro. Debajo de la escotilla había una escalera de metal, plegable.
Permaneció de pie en el borde del claro, sin tratar de ocultarse, pero sin hacerse demasiado visible. Dejó transcurrir un largo rato antes de tomar la decisión de acercarse un poco más. Mientras tanto, nada se había movido.
Cuando llegó al pie de la escalerilla se detuvo, con el oído atento. No oyó el menor ruido. Subió los peldaños de metal y penetró en la nave. Nadie.
En el interior todo brillaba como la plata. Todo flamante. Un pasillo conducía a la parte superior, formando espiral. Tras una leve vacilación, el hombre echó a andar por el pasillo, empuñando fuertemente su rifle.
El pasillo parecía no tener fin; el hombre estaba pensando en la conveniencia de abandonar la empresa, cuando llegó ante una puerta. Estaba cerrada.
Se detuvo y escuchó. No oyó nada.
La puerta no tenía manecilla, pero, al empujar el hombre, se abrió.
La cámara a que daba paso estaba también desocupada. Pero, por primera vez, aparecieron señales de habitabilidad. Había muebles, por ejemplo. No sillas, ni sillones, sino una cosa intermedia. Parecían cómodos.
Había una mesa, o banco, a lo largo de una de las paredes, con varios recipientes encima. Eran metálicos. Los más pequeños semejaban arquillas, y cajas fuertes los de mayor tamaño. Todos eran de plata, o al menos plateados.
El hombre se acercó a ellos pero no consiguió descubrir el modo de abrirlos. En apariencia, no tenían cerradura.
El hombre quedó absorto en la contemplación de las cajas por espacio de un par de minutos. Después se irguió de nuevo y escuchó atentamente. Nada.
En la camareta había otras cosas, pero ninguna tenía sentido para él.
Probó una de las sillas-sillones y la encontró muy cómoda. Era de plata también, aunque el asiento y el respaldo estaban tapizados con un material esponjoso.
El hombre se sentó, diciéndose que lo mismo podía escuchar sentado que de pie. Colocó el rifle sobre sus rodillas.
Se sintió invadido por una gran somnolencia, pero hizo un gran esfuerzo para mantener los ojos abiertos y aguzó el oído, como compensación.
Al cabo de un minuto, se durmió.
Le despertaron unas suaves vibraciones. Y, al darse cuenta de dónde estaba, se maldijo a sí mismo por haberse quedado dormido. Se puso en pie de un salto. Se encaminó hacia la puerta. La empujó, pero continuó cerrada. Luego recordó que se había abierto hacia dentro, no hacia fuera, y buscó un tirador. No había ninguno.
Había luz artificial, pero el hombre no consiguió saber su procedencia. Ninguna ventana. Sólo aquella puerta. El hombre calculó los posibles efectos de una bala de rifle. Si hubiese existido alguna cerradura, hubiera disparado contra ella. Pero no había ninguna cerradura, y un disparo de rifle sólo hubiese logrado revelar su presencia.
Las vibraciones continuaban. Eran muy leves, como si se produjeran muy lejos, o estuvieran aisladas; pero no cabía duda de que procedían de la nave.
El hombre, repentinamente asustado, se preguntó si habrían despegado.
Y, si habían despegado, se preguntó a continuación, dejando que el temor se impusiera a su escepticismo acerca de la existencia de las naves espaciales, ¿adonde se dirigían?
Empezó a dar vueltas por la camareta, frenéticamente. Trató de mover las sillas-sillones, pero estaban firmemente unidas al suelo de metal. Cogió las cajas de color de plata más pequeñas y las tiró contra el suelo. Las de mayor tamaño eran demasiado pesadas para que pudiera levantarlas, pero podía arrastrarlas por encima de la mesa y hacerlas caer. Las hizo caer. Ni siquiera se abollaron.
En una de las paredes había una cuadrícula de artesonado. El hombre apoyó el rifle contra la pared y apretó con ambas manos. Nada. Luego recorrió el artesonado con las puntas de los dedos, buscando algún botón o algún resorte oculto. Si había alguno, no consiguió encontrarlo.
Finalmente, exhausto y furioso, se quedó de pie en el centro de la camareta. Empuñó su rifle, dispuesto a disparar a la menor señal de peligro.
Seguía allí, en pie, tenso y asustado, cuando cesaron las vibraciones, cinco minutos más tarde.
El silencio era absoluto, exceptuando el sonido de su propia respiración. Esto le impresionó aún más. Sus piernas empezaron a temblar, sin que pudiera dominarlas. Se acercó de nuevo a la silla-sillón y se sentó.
Esperó.
Sus ojos estaban clavados en la puerta, la única entrada posible, cuando empezó a moverse hacia dentro, lentamente.
El nombre volvió a temblar, pero apuntó su rifle en dirección a la puerta y murmuró con voz ronca:
—De acuerdo, entre, pero levante las manos por encima de su cabeza.
Se tildó a sí mismo de estúpido mientras pronunciaba aquellas palabras.
Pero su aturdimiento subió de punto cuando la puerta se hubo abierto del todo sin que apareciera nadie.
El hombre se puso en pie y se dirigió cautelosamente hacia el umbral. Asomó la cabeza, pulgada a pulgada, y miró arriba y abajo del pasillo. Nadie. Nada. Ni un ruido.
Con el rifle en la mano, dio unos cuantos pasos hacia la derecha. El pasillo se extendía delante de él. Luego recorrió a la inversa el camino que le había conducido a la camareta. La escotilla a través de la cual se había introducido en la nave, estaba cerrada. No le sorprendió, desde luego, pero quiso convencerse. Subió de nuevo por el pasillo en espiral. La puerta de la camareta aparecía cerrada. La empujó con el hombro... no logró abrirla.
El hombre avanzó por el largo pasillo, tratando de no hacer ruido. Pero sus pesadas botas crujían a cada paso que daba y, en el profundo silencio, aquellos crujidos resultaban ensordecedores... al menos para él. En consecuencia, renunció a toda precaución y empezó a andar con paso decidido. Esto pareció devolverle toda su presencia de ánimo, y cuando llegó al final del pasillo y encontró otra puerta, la empujó sin vacilar.
La puerta se abrió.
El ser estaba recostado en una silla-sillón. Una de las cajas de plata estaba en el suelo, cerca de él. Una especie de tubo ascendía desde la caja hasta el rostro del ser, el cual parecía estar alimentándose.
El hombre y el ser se contemplaron uno a otro en silencio. El hombre no hizo ningún movimiento con su rifle. El ser continuó alimentándose.
Lo que el hombre estaba viendo era una casi-persona. Tenía una cabeza, un cuerpo, cuatro extremidades. Nada permitía adivinar si andaba sobre las cuatro, o sobre las dos posteriores. Ninguna de las extremidades estaba calzada, y manos y pies se confundían.
El ser habló. Su charla era una especie de ulular en tono menor, que no le impedía seguir alimentándose.
Lo que el ser le estaba diciendo al hombre, sin preámbulo ni acogida de ninguna clase, era que se había dado cuenta muy pronto, después de despegar, de que la nave tenía un polizón.
El hombre no comprendió una sola palabra.
El ser conjeturó lo que estaba ocurriendo y lamentó la imposibilidad de establecer comunicación entre ellos, pero continuó hablando como para demostrar que sus sentimientos eran amistosos.
—Desgraciadamente —dijo el ser, mirando al hombre con ojos afectados como un diamante—, ahora no puedo regresar. Tengo trazado un plan de vuelo, y no puedo apartarme de él.
Hizo una pausa como si esperase una respuesta, pero el hombre no dijo nada. El ser no hizo ningún movimiento, excepto para flexionar sus dedos lentamente.
—Mi patrulla me recogerá pasado el sistema solar —continuó diciendo el ser—, y usted tendrá que venir conmigo. Mi próximo viaje tendrá lugar dentro de dos años. Entonces podrá volver a su casa. Entretanto, le cuidaremos bien.
El hombre, sin comprender, escuchaba las palabras con suspicacia. La voz ululante del ser le erizaba los pelos de la nuca. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, exactamente igual que una noche que estaba cazando en un bosque desconocido y un lobo aulló más allá de la fogata de su campamento, pero muy cerca de él.
El hombre miró hacia atrás repentinamente, pero no vio a nadie.
—Estoy solo en la nave —dijo el desconocido, interpretando correctamente el movimiento del hombre—. Ahora tengo que comprobar el rumbo. Pura rutina. Venga conmigo, si quiere.
El ser saltó de la silla-sillón al suelo con un gracioso movimiento y le hizo una seña al hombre para que le siguiera. Su paso no era el humano andar erguido, ni el trote de un cuadrúpedo, sino algo intermedio.
El hombre se apartó a un lado cuando el ser pasó junto a él, de camino hacia la puerta. Luego le siguió, con cautela.
Pasaron a lo largo de una serie de pasillos que brillaban como la plata bruñida. El desconocido dirigía miradas ocasionales hacia atrás. El hombre le seguía, con las manos engarfiadas en su rifle.
—Lamento las molestias que va a ocasionarle todo esto —dijo el ser, sabiendo que no sería comprendido, pero contento, al parecer, de tener una oportunidad para hablar—. Escogí una zona que me pareció deshabitada para aterrizar y recargar los tanques de atmósfera. He estado en su planeta varias veces, pero hasta ahora nadie había visto la nave, al menos que yo sepa.
—Me está usted poniendo nervioso —dijo el hombre en voz alta—. Será mejor que no siga moviéndose de ese modo, si no quiere que le vuele la cabeza.
—¿De manera que habla usted? —dijo el ser—. Bien. Un lenguaje muy curioso, y posiblemente inteligente. Tengo que grabarlo para su estudio. Tal vez su planeta tenga otras posibilidades. Me pregunto si la suya es la forma de vida dominante, o uno de los sub-grupos. Incluso es posible que podamos establecer comunicación antes de que vuelva a dejarle en el lugar donde le encontré.
—Su cabeza sería un hermoso trofeo —dijo el hombre—. Desde luego, no me creería nadie. Creerían que era un truco de un taxidermista.
—Esta es la sala de mandos —dijo el desconocido. Hizo un gesto y se abrió una puerta. El desconocido la cruzó, invitando al hombre a seguirle. El hombre lo hizo.
—Esto parece la cabina del piloto, o el puente, o como diablos se llame —dijo el hombre—. Si liquidara a ese monstruo, tal vez pudiera aprender a pilotar esto y regresar a casa.
El ser se acercó a un cubo plateado montado sobre un trípode y lo estudió con atención, aunque el hombre no pudo ver más que una superficie completamente lisa.
—Perfecto —dijo el ser—. ¿Le gustaría ver dónde estamos?
Tocó el cubo aquí y allí con rápidos movimientos de sus dedos, y un trozo de la pared se convirtió en una pantalla. Allí, contra la negrura tachonada de estrellas del espacio, estaba la Luna, y, más allá, un globo verde que debía de ser la Tierra.
El hombre abrió la boca involuntariamente. Era como si creyera por primera vez que la nave había abandonado el suelo.
—Un hermoso espectáculo —dijo el ser—. Su mundo es uno de los más bellos. Algún día nos dedicaremos a explorarlo. Y el conocimiento de su lenguaje, si es que se trata de un lenguaje, podría ayudarnos. ¿Por qué no empezamos ahora? —Señaló la Luna—. Satélite —dijo.
—Eso es la Luna, sí —dijo el hombre.
—Slalunasí —repitió el ser—. Muy interesante. —Señaló el globo verde—. Sistema XI, Planeta Tres. Supongo que ustedes le llaman Tierra. La mayoría de seres que viven en el suelo utilizan ese término para designar a su planeta. Tierra —repitió.
El ulular del desconocido subió y bajó de tono, pero el hombre no consiguió distinguir nada que se pareciera ni remotamente a una palabra.
—Creo que estamos en plena clase de idiomas. Pero yo no pesco ni una.
—Muy difícil, muy difícil —dijo el ser. Señaló otra vez la Luna—. Slalunasí.
—Luna.
—Una... Comprendo, una variación. Probablemente, uno es el vocablo genérico, y otro el específico. Estamos progresando, amigo mío. Estoy seguro de que dentro de unas semanas podremos conversar. Mientras, debo cuidar de usted. Supongo que debe comer...
El ser hizo desaparecer la pantalla de la pared, colocó una caja plateada cerca de una silla-sillón, hizo un gesto al hombre para que se sentara y le ofreció el tubo que estaba conectado a la caja.
El hombre tomó el tubo y se sentó. Examinó la caja y el tubo con suspicacia, y luego golpeó el extremo del tubo contra la palma de su mano para ver lo que salía. No salió nada. Tranquilizado por el hecho de que el ser se había alimentado de una caja similar, se llevó el tubo a la boca. Inmediatamente brotó un espeso líquido, tibio, y el hombre apartó el tubo a un lado.
El líquido era completamente insípido, pero aquel breve sorbo le había infundido una sensación de bienestar. Miró al ser, el cual asintió. Se llevó de nuevo el tubo a la boca. Sorbió.
Su sensación de bienestar aumentó. Estiró las piernas y se reclinó hacia atrás. La mano que empuñaba el rifle se aflojó, y el arma cayó al suelo.
Al cabo de unos instantes, el hombre estaba profundamente dormido.
Cuando se despertó de nuevo no abrió los ojos inmediatamente. Una especie de languidez le invadía desde la cabeza a los pies. Sabía dónde estaba, pero no experimentó ningún temor. Le estaban cuidando perfectamente y no tenía nada que temer del desconocido, que parecía un ser inteligente y amistoso.
Existía el problema de regresar a la Tierra, pero podía esperar. El hombre era un solitario, sin familia ni responsabilidades, y la aventura que estaba corriendo era más apasionante que la caza.
Recordó, con los ojos todavía cerrados, que no se sentía tan satisfecho antes de alimentarse con el tubo conectado a la caja plateada. La idea le inquietó. Posiblemente, le habían drogado.
Abrió los ojos de par en par.
Su cuerpo, decapitado, estaba tendido sobre una mesa, al otro lado de la habitación.
Mientras lo contemplaba, horrorizado, el cuerpo se aplastó y se ensanchó, como si un gran peso invisible lo estuviera oprimiendo desde arriba.
El cuerpo se hizo transparente, y el hombre pudo ver las venas y los huesos. Era su propio cuerpo. Reconoció la cicatriz producida por una operación de apendicitis, que había sufrido años antes.
Pero no sintió ningún dolor.
Su cabeza debía estar enroscada a alguna parte. Podía mover los ojos, pero nada más.
Encima de él había uno de los extraños cubos plateados de la nave. Podía verlo enarcando las cejas y dirigiendo la mirada hacia arriba. Una radiación de color violáceo salía de aquel cubo y bañaba su cabeza.
Miró hacia abajo, con temor, pero no vio ni una sola gota de sangre.
En aquel momento, el desconocido entró en la habitación. No miró la cabeza; se dirigió directamente a la mesa sobre la cual yacía el aplastado y transparente cuerpo. Lo examinó con gran interés.
La mente del hombre estaba gritando de indignación y de terror. Ante su vista, situado a quince pies de distancia del decapitado cuerpo, el ser se había convertido en un monstruo diabólico. Y pensar que en un momento determinado casi había llegado a creer, que podía confiar en él...
En aquel mismo instante, el ser se volvió y se dio cuenta de que los ojos de la cabeza estaban abiertos.
—¡Está usted despierto! —exclamó, preocupado—. ¡Oh! Lo siento...
Para el hombre, la expresión del desconocido fue perversa.
—Estaba convencido de que dormiría usted hasta que hubiera acabado de examinarle —dijo el desconocido—. Distinto metabolismo, supongo.
Pareció que trataba de leer la expresión de los ojos del hombre.
—Espero que conocerá usted este invento —dijo—. Si no lo conocía, le habrá producido una enorme impresión. —Volvió a inclinarse sobre el cuerpo—. Sí, el corazón late apresuradamente y la respiración es agitada. ¡Oh! Lo siento...
Las palabras del desconocido sonaron en loa oídos del hombre como el cántico ritual de un salvaje.
—Vamos a unirle de nuevo —dijo el ser—. Sé que tiene usted la sensación de que le han cortado la cabeza y le han aplastado el cuerpo, pero en realidad se trata de una simple ilusión óptica. Esto es nuestro Diagnostican. Muy eficaz, y completamente inofensivo. Por medio de él he registrado todas las funciones de su cuerpo. Y el rayo violeta que baña su cabeza está registrando lo que puede de su cerebro. Si fuera médico, podría explicárselo mejor. Aunque entonces, desde luego, no me comprendería usted en absoluto.
El desconocido se acercó a una de las paredes y pulsó varios interruptores.
La luz violácea se apagó e inmediatamente el hombre volvió a su primitivo estado, con la cabeza unida a su tronco. Estaba tendido sobre la mesa, sin ningún peso que le aplastara, y la mesita cúbica sobre la cual había reposado su cabeza, al otro lado de la habitación, vacía.
El hombre notó un hormigueo en todo su cuerpo, como si millares de insectos se pasearan por él. Se sentó rápidamente. En el suelo, estaba su rifle.
No se detuvo a pensar por qué estaba entero otra vez, sino que saltó de la mesa y cogió el rifle.
Disparó casi a quemarropa contra el ser. Falló el tiro por una pulgada.
—Por favor —dijo el desconocido—. Yo no le he hecho a usted ningún daño.
El segundo proyectil atravesó el hombro del desconocido.
—Pero, puedo hacerle daño —advirtió el ser—. No tengo por qué tenerle consideraciones especiales. Hay millones de seres de su especie.
Levantó la mano derecha, dejando al descubierto una especie de reloj que llevaba en la muñeca.
El rifle disparó por tercera vez.
Simultáneamente, el reloj desprendió unas radiaciones y el hombre quedó muerto.
El ser se encogió de hombros.
«Podía haber sido una interesante compañía», murmuro.
Recogió el cadáver del hombre y lo tiró al expulsor de los desperdicios.

El conductor del automóvil llegó al lugar de aparcamiento próximo a la entrada del metro. La avispa estaba de nuevo pegada al cristal del parabrisas.
El hombre se sentó ante el volante, dio la vuelta a la llave del encendido, pisó el embrague, dio gas y soltó el embrague.
Aquella serie de movimientos repentinos y maquinales debieron inquietar a la avispa.
Zumbó furiosamente, y se acercó al rostro del hombre.
El hombre agitó una mano delante de su rostro.
—Mira, avispa —dijo, medio en broma, medio asustado—. No quiero hacerte ningún daño. Quédate quieta, y no te pasará nada.
La avispa voló hacia la parte trasera del automóvil y volvió a acercarse al hombre.
—¡Maldito bicho! —exclamó el hombre, y utilizó su cartera de mano para librarse del ataque.
El zumbido del insecto se hizo todavía más furioso. El hombre vio su oportunidad, y la cartera de mano aplastó a la avispa.
El hombre cogió el insecto muerto por un ala y lo tiró por la ventanilla.

Richard Wilson.

jueves, agosto 06, 2009

La sombra


La sombra

Sí, aunque marcho por el valle de la Sombra.
(Salmo de David, XXIII)


Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras. Pues en verdad ocurrirán muchas cosas, y se sabrán cosas secretas, y pasarán muchos siglos antes de que los hombres vean este escrito. Y, cuando lo hayan visto, habrá quienes no crean en él, y otros dudarán, mas unos pocos habrá que encuentren razones para meditar frente a los caracteres aquí grabados con un estilo de hierro.

El año había sido un año de terror y de sentimientos más intensos que el terror, para los cuales no hay nombre sobre la tierra. Pues habían ocurrido muchos prodigios y señales, y a lo lejos y en todas partes, sobre el mar y la tierra, se cernían las negras alas de la peste. Para aquellos versados en la ciencia de las estrellas, los cielos revelaban una faz siniestra; y para mí, el griego Oinos, entre otros, era evidente que ya había llegado la alternación de aquel año 794, en el cual, a la entrada de Aries, el planeta Júpiter queda en conjunción con el anillo rojo del terrible Saturno. Si mucho no me equivoco, el especial espíritu del cielo no sólo se manifestaba en el globo físico de la tierra, sino en las almas, en la imaginación y en las meditaciones de la humanidad.

En una sombría ciudad llamada Ptolemáis, en un noble palacio, nos hallábamos una noche siete de nosotros frente a los frascos del rojo vino de Chíos. Y no había otra entrada a nuestra cámara que una alta puerta de bronce; y aquella puerta había sido fundida por el artesano Corinnos, y, por ser de raro mérito, se la aseguraba desde dentro. En el sombrío aposento, negras colgaduras alejaban de nuestra vista la luna, las cárdenas estrellas y las desiertas calles; pero el presagio y el recuerdo del Mal no podían ser excluidos. Estábamos rodeados por cosas que no logro explicar distintamente; cosas materiales y espirituales, la pesadez de la atmósfera, un sentimiento de sofocación, de ansiedad; y por, sobre todo, ese terrible estado de la existencia que alcanzan los seres nerviosos cuando los sentidos están agudamente vivos y despiertos, mientras las facultades yacen amodorradas. Un peso muerto nos agobiaba. Caía sobre los cuerpos, los muebles, los vasos en que bebíamos; todo lo que nos rodeaba cedía a la depresión y se hundía; todo menos las llamas de las siete lámparas de hierro que iluminaban nuestra orgía. Alzándose en altas y esbeltas líneas de luz, continuaban ardiendo, pálidas e inmóviles; y en el espejo que su brillo engendraba en la redonda mesa de ébano a la cual nos sentábamos, cada uno veía la palidez de su propio rostro y el inquieto resplandor en las abatidas miradas de sus compañeros. Y, sin embargo, reíamos y nos alegrábamos a nuestro modo -lleno de histeria-, y cantábamos las canciones de Anacreonte -llenas de locura-, y bebíamos copiosamente, aunque el purpúreo vino nos recordaba la sangre. Porque en aquella cámara había otro de nosotros en la persona del joven Zoilo. Muerto y amortajado yacía tendido cuan largo era, genio y demonio de la escena. ¡Ay, no participaba de nuestro regocijo! Pero su rostro, convulsionado por la plaga, y sus ojos, donde la muerte sólo había apagado a medias el fuego de la pestilencia, parecían interesarse en nuestra alegría, como quizá los muertos se interesan en la alegría de los que van a morir. Mas aunque yo, Oinos, sentía que los ojos del muerto estaban fijos en mí, me obligaba a no percibir la amargura de su expresión, y mientras contemplaba fijamente las profundidades del espejo de ébano, cantaba en voz alta y sonora las canciones del hijo de Teos.

Poco a poco, sin embargo, mis canciones fueron callando y sus ecos, perdiéndose entre las tenebrosas colgaduras de la cámara, se debilitaron hasta volverse inaudibles y se apagaron del todo. Y he aquí que de aquellas tenebrosas colgaduras, donde se perdían los sonidos de la canción, se desprendió una profunda e indefinida sombra, una sombra como la que la luna, cuando está baja, podría extraer del cuerpo de un hombre; pero ésta no era la sombra de un hombre o de un dios, ni de ninguna cosa familiar. Y, después de temblar un instante, entre las colgaduras del aposento, quedó, por fin, a plena vista sobre la superficie de la puerta de bronce. Mas la sombra era vaga e informe, indefinida, y no era la sombra de un hombre o de un dios, ni un dios de Grecia, ni un dios de Caldea, ni un dios egipcio. Y la sombra se detuvo en la entrada de bronce, bajo el arco del entablamento de la puerta, y sin moverse, sin decir una palabra, permaneció inmóvil. Y la puerta donde estaba la sombra, si recuerdo bien, se alzaba frente a los pies del joven Zoilo amortajado. Mas nosotros, los siete allí congregados, al ver cómo la sombra avanzaba desde las colgaduras, no nos atrevimos a contemplarla de lleno, sino que bajamos los ojos y miramos fijamente las profundidades del espejo de ébano. Y al final yo, Oinos, hablando en voz muy baja, pregunté a la sombra cuál era su morada y su nombre. Y la sombra contestó: «Yo soy SOMBRA, y mi morada está al lado de las catacumbas de Ptolemáis, y cerca de las oscuras planicies de Clíseo, que bordean el impuro canal de Caronte.»

Y entonces los siete nos levantamos llenos de horror y permanecimos de pie temblando, estremecidos, pálidos; porque el tono de la voz de la sombra no era el tono de un solo ser, sino el de una multitud de seres, y, variando en sus cadencias de una sílaba a otra, penetraba oscuramente en nuestros oídos con los acentos familiares y harto recordados de mil y mil amigos muertos.


Edgar Allan Poe.

miércoles, mayo 27, 2009

H1N1 según Stephen King


Lea este cuento de los años setenta y saque sus propias conclusiones.


MAREJADA NOCTURNA

Por Stephen King.

Cuando el tipo estuvo muerto y el olor de su carne quemada se hubo despejado del aire, volvimos todos a la playa, Corey tenía su radio, uno de esos aparatos de transistores del tamaño de una maleta que se cargan con cua­renta filas y que también pueden grabar y reproducir cintas magnetofónicas. En verdad la calidad del sonido no era excepcional, pero, eso sí, era potente. Corey había sido rico antes de la A6, pero esos detalles ya no interesa­ban. Incluso esta enorme radio-magnetófono no era más que un hermoso trasto. En el aire sólo quedaban dos emi­soras de radio que podíamos sintonizar. Una era la WKDM de Portsmouth, con un disco-jockey palurdo que padecía delirios religiosos. Ponía un disco de Johnny Ray, leía un pasaje de los Salmos (sin omitir ningún Selah, como James Dean en Al este del Edén), y después llo­raba un poco más. Siempre la misma jarana. Un día can­tó Bringing in the Sheaves con una voz quebrada y gangosa que nos puso histéricos a Needles y a mí.
La emisora de Massachusetts era mejor, pero sólo sintonizábamos por la noche. La controlaba una pandilla de chicos. Supongo que se apoderaron de los equipos de transmisión de la WRKO o la WBZ después de que todos partieron o murieron. Sólo empleaban siglas chistosas, como WDROGA o KOÑO o WA6 o cosas parecidas. Muy graciosos de veras..., como para morirse de risa. Ésa era la que escuchábamos al volver a la playa. Yo le había cogido la mano a Susie; Kelly y Joan marchaban delante de nosotros, y Needles ya había pasado la cresta del pro­montorio y se había perdido de vista. Corey marchaba a retaguardia, balanceando la radio. Los Stones cantaban Angie.
—¿Me amas? —me preguntó Susie—. Eso es lo único que quiero saber, ¿me amas? —Susie necesitaba que la re­confortaran constantemente. Yo era su osito de juguete.
—No —respondí. Susie estaba engordando, y si vivía el tiempo suficiente se pondría realmente fofa. Ya era de­masiado pomposa.
—Eres una basura —dijo, y se llevó la mano a la cara. Sus uñas laqueadas refulgieron fugazmente bajo la me­dia luna que había asomado hacía media hora.
—¿Vas a llorar otra vez?
—¡Cierra el pico! —contestó ella. Sí, me pareció que iba a echarse a llorar de nuevo.
Llegamos a la cresta y nos detuvimos. Siempre tengo que detenerme. Antes de la A6 ésta había sido una playa pública. Turistas, grupos que organizaban picnics, chi­quillos con los mocos colgando y abuelas gordas y flacci­das con los hombros quemados por el sol. Envoltorios de caramelos y palitos de pirulines en la arena, toda la bella gente magreándose sobre sus mantas de playa, más el olor de los tubos de escape del aparcamiento, de las algas marinas, del aceite «Coppertone».
Pero ahora la bazofia y la mierda habían desapareci­do. El océano lo había devorado todo, absolutamente todo, con la misma indiferencia con que uno podría de­vorar un puñado de «Cracker Jacks». No había gente que pudiera volver a ensuciar la playa. Sólo nosotros, y no éramos tantos como para hacer demasiado estropicio. Y creo que además estábamos enamorados de la playa. ¿Acaso no acabábamos de tributarle una especie de sa­crificio? Incluso Susie, la putilla Susie con su culo gordo y sus pantalones «Oxford».
La arena era blanca y ondulada, y sólo estaba altera­da por el límite más alto de la pleamar: una franja sinuo­sa de algas, conchas marinas y resaca. La luna proyecta­ba negras sombras semicirculares y pliegues sobre todos los elementos. La torre abandonada del salvavidas se al­daba blanca y esquelética a unos cincuenta metros de las casetas de baño, apuntando al cielo como la falange de un dedo.
Y la marejada, la marejada nocturna, que despedía grandes trombas de espuma, y que estallaba contra los acantilados hasta donde alcanzaba la vista, con incesan­tes embates. Quizá la noche anterior esas mismas aguas habían estado a mitad de trayecto de Inglaterra.
«Angie por los Stones —anunció la voz quebrada de la radio de Corey—. Estoy seguro de que os agradará, un eco del pasado que suena como los dioses, directamente del surco, un disco que gusta. Os habla Bobby. Ésta de­bería haber sido la noche de Fred, pero Fred tiene la gri­pe. Está completamente hinchado.»
Susie eligió ese momento para reír, aunque las lágri­mas todavía le colgaban de las pestañas. Apresuré la mar­cha hacia la playa para hacerla callar.
—¡Esperad! —gritó Corey—. ¿Bernie? ¡Eh, Bernie, aguarda!
El tipo de la radio leía unas coplillas obscenas, y se oyó en el fondo la voz de una chica que le preguntaba dónde había dejado la cerveza. Él contestó algo, pero no­sotros ya habíamos llegado a la playa. Miré atrás para ver cómo se las ingeniaba Corey. Se deslizó sobre el culo, como de costumbre, y me pareció tan ridículo que lo compadecí un poco.
—Corre conmigo —le dije a Susie.
—¿Por qué?
Le di una palmada en las nalgas y chilló.
—Sólo porque se me antoja.
Corrimos. Ella se quedó rezagada, resollando como un caballo y pidiéndome a gritos que acortara el paso, pero yo me la quité de la cabeza. El viento zumbaba en mis oídos y me hacía flamear el pelo sobre la frente. Olía la sal de la atmósfera, penetrante y acre. Restallaba la marejada. Las olas parecían una espuma de cristal negro. Me quité las sandalias de goma, con sendos puntapiés, y corrí descalzo por la arena, sin que me inquietara el pin­chazo ocasional de una concha. Me bullía la sangre.
Y entonces vi la tienda. Needles ya estaba dentro y Kelly y Joan estaban al lado, cogidos de la mano y mi­rando el agua. Hice una cabriola, sentí que la arena se co­laba por el cuello de mi camisa y aterricé junto a las piernas de Kelly. Éste cayó encima de mí y me frotó la cara con arena mientras Joan reía.
Nos levantamos y nos sonreímos. Susie había dejado de correr y se acercaba pesadamente a nosotros. Corey casi la había alcanzado.
—Qué fogata —comentó Kelly.
—¿Crees que vino desde Nueva York, como dijo? —preguntó Joan.
—No lo sé.
Tampoco me parecía que importara. Cuando lo encon­tramos, semidesvanecido y delirando, estaba tras el volante de un gran «Lincoln». Su cabeza tumefacta tenía el tamaño de un balón de fútbol y su cuello parecía una salchicha. Es­taba en las últimas y de todos modos no iría demasiado le­jos. Así que lo llevamos al promontorio que se alza sobre la playa y lo quemamos. Dijo que se llamaba Alvin Sackheim. Llamaba constantemente a su abuela. Confundía a Susie con su abuela. Esto le pareció gracioso a Susie, quién sabe por qué. Las cosas más raras le parecen graciosas.
Fue a Corey a quien se le ocurrió la idea de quemarlo, pero todo empezó como un chiste. Él había leído en la Universidad muchos libros sobre brujería y magia negra, y no cesaba de hacemos muecas en la oscuridad, junto al «Lincoln» de Alvin Sackheim, diciendo que si ofrecíamos un holocausto a los dioses tenebrosos quizá los espíritus seguirían protegiéndonos de la A6.
Por supuesto, ninguno de nosotros creía en tal patra­ña, pero la conversación se tornó cada vez más seria. Era una nueva distracción, y finalmente nos pusimos de acuerdo y lo hicimos. Lo atamos al telescopio de obser­vación que estaba montado allí, ése con el que puedes ver todo el paisaje hasta el faro de Portland, si echas una mo­neda en un día despejado. Lo atamos con nuestros cinturones y después fuimos a buscar ramas secas y trozos de resaca, como niños que jugaran a una nueva versión del escondite. Mientras tanto, Alvin Sackheim estaba recos­tado allí y le murmuraba a su abuela. Los ojos de Susie se pusieron muy brillantes y respiraba agitadamente. La es­cena la excitaba mucho. Cuando nos metimos en el ca­ñón que está del otro lado del promontorio se apoyó con­tra mí y me besó. Llevaba demasiado carmín y fue como besar una chapa grasienta.
La aparté y fue entonces cuando empezó a hacer pu­cheros. Volvimos, todos, y apilamos las ramas secas has­ta la cintura de Alvin Sackheim. Needles encendió la pira con su «Zippo» y se inflamó rápidamente. Por fin, apenas un momento antes de que se le incendiara el pelo, el tipo empezó a chillar. En el aire flotaba un olor parecido al del cerdo dulce de las comidas chinas.
—¿Tienes un cigarrillo, Bernie? —preguntó Needles.
—Tienes unos cincuenta cartones a tus espaldas. Sonrió y le dio un manotazo a un mosquito que le es­taba picando en el brazo.
—No tengo ganas de moverme.
Le di un cigarrillo y me senté. Susie y yo habíamos conocido a Needles en Portland. Estaba sentado sobre el bordillo de la acera frente al «Slate Theater», tocando melodías de Leadbelly con una vieja y enorme guitarra «Gibson» que había robado en alguna parte. El sonido reverberaba de un extremo a otro de Congress Street como si estuviera tocando en una sala de conciertos.
Susie se detuvo delante de nosotros, todavía jadeante.
—Eres un desgraciado, Bernie.
—Por favor, Susie. Da vuelta al disco. Esa cara apesta.
—Cerdo. Estúpido hijo de puta. Insensible. ¡Crápula!
—Vete o te arrearé en un ojo, Susie —dije—. Te lo juro.
Se echó a llorar de nuevo. Ésa era su especialidad. Co­rey se acercó y trató de rodearla con el brazo. Susie le pegó un codazo en la ingle y él le escupió en la cara.
—¡Te mataré! —le acometió, chillando y llorando, ha­ciendo girar las manos como aspas. Corey retrocedió y estuvo a punto de caer, y después dio media vuelta y huyó. Susie lo siguió, profiriendo procacidades histéri­cas. Needles echó la cabeza hacia atrás y se rió. El ruido de la radio de Corey nos llegó débilmente por encima del de la marejada.
Kelly y Joan se habían alejado. Los vi caminar junto al borde del agua, ciñéndose recíprocamente la cintura con los brazos. Parecían salidos de uno de esos anuncios que hay en los escaparates de las agencias de viajes: Vo­lad a la paradisíaca St. Lorca. Estupendo. Disfrutaban mucho.
—¿Bernie?
—¿Qué quieres?
Me senté y fumé y pensé en Needles: levantando la tapa de su «Zippo», accionando la ruedecilla, prendiendo fuego con pedernal y acero como un troglodita.
—La he pescado —dijo Needles.
—¿De veras? —Lo miré—. ¿Estás seguro?
—Claro que sí. Me duele la cabeza. Me duele el estó­mago. Siento un ardor al orinar.
—Quizás es sólo la gripe de Hong Kong. Susie tuvo la gripe de Hong Kong. Ya pedía una Biblia. —Me reí. Eso había sucedido cuando aún estábamos en la Universidad, más o menos una semana antes de que la clausuraran de­finitivamente, un mes antes de que empezaran a cargar los cadáveres en camionetas de volquete y a enterrarlos en fosas comunes con palas mecánicas.
—Mira. —Encendió una cerilla y la colocó bajo el án­gulo de su quijada. Vi las primeras manchas triangulares, la primera hinchazón. Sí, era la A6.
—De acuerdo —asentí.
—No me siento muy mal —comentó—. Psicológica­mente, quiero decir. Tu caso es distinto. Tú piensas mu­cho en eso. Me doy cuenta.
—No, no pienso en ello —mentí.
—Claro que piensas. Y en el tipo de esta noche. Tam­bién piensas en eso. Es probable que le hayamos hecho un favor, en última instancia. Creo que no se dio cuenta de lo que sucedía.
—Sí, se dio cuenta.
Needles se encogió de hombros y se volvió.
—No importa.
Fumamos y yo miraba cómo las olas iban y venían. Needles estaba en las últimas. Eso hacía que todo volvie­ra a asumir contomos muy reales. Ya estábamos a fines de agosto y dentro de un par de semanas se insinuarían los primeros fríos de otoño. Sería hora de buscar abrigo en alguna parte. Invierno. Probablemente cuando llegara la Navidad estaríamos todos muertos. En una sala ajena, con el costoso radio-magnetófono de Corey colocado so­bre una biblioteca de libros condensados del Reader's Di-gest mientras el débil sol de invierno proyectaba sobre la alfombra las absurdas formas de los marcos de las venta­nas.
La imagen fue lo suficientemente nítida como para hacerme temblar. En agosto nadie debería pensar en el invierno. Es como sentir pisadas sobre la propia tumba.
Needles se rió.
—¿Has visto? Tú sí que piensas en eso. ¿Qué podía contestar? Me levanté.
—Iré a buscar a Susie.
—Quizá somos los últimos habitantes de la Tierra, Bernie. ¿Has pensando en ello alguna vez?
Bajo la tenue luz de la luna ya parecía medio muerto, con sus ojeras y sus dedos pálidos, inmóviles, semejantes a lápices.
Me acerqué al agua y paseé los ojos sobre ella. No ha­bía nada para ver, excepto los lomos inquietos y movedi­zos de las olas, rematados por delicados copetes de espu­ma. Allí el fragor de las rompientes era tremendo, más descomunal que el mundo. Como si estuvieras en medio de una tormenta eléctrica. Cerré los ojos y me mecí sobre los pies descalzos. La arena estaba fría y apelmazada. ¿Qué importaba si éramos los últimos habitantes del mundo? Eso continuaría mientras hubiera una Luna que ejerciera su atracción sobre el agua.
Susie y Corey estaban en la playa. Susie lo cabalgaba como si él fuera un semental brioso, y le metía la cabeza bajo el agua bullente. Corey manoteaba y chapoteaba. Ambos estaban empapados. Me acerqué a ellos y derribé a Susie con el pie. Corey se alejó a gatas, escupiendo y re­sollando.
—¡Te odio! —me gritó Susie. Su boca era una oscura media luna sonriente. Parecía la entrada del barracón de la risa de un parque de diversiones. Cuando yo era niño mi madre nos llevaba a mí y a mis hermanos al Hamson State Park y allí había un barrancón de la risa con una enorme cara de payaso en el frente, y la gente entraba por la boca.
—Vamos, Susie. Arriba, perrilla. —Le tendí la mano. Ella la cogió dubitativa y se levantó. Tenía arena húmeda pegada a la blusa y la piel.
—No deberías haberme empujado, Bemie. No te per­mitiré...
—Vamos —repetí. No parecía un tocadiscos mecáni­co: no hacía falta echarle monedas y no se desconectaba nunca.
Caminamos por la playa hasta la concesión principal. El hombre que administraba el establecimiento tenía un pisito en la planta alta. Había una cama. Susie no se me­recía realmente una cama, pero Needles tenía razón. No importaba. Ya nadie controlaba el juego.
La escalera estaba adosada a la pared lateral del edifi­cio, pero me detuve un minuto para mirar por la ventana rota las mercancías polvorientas que había dentro y que ya nadie se molestaba en robar: pilas de camisetas de­portivas (con la leyenda «Anson Beach» y una imagen de cielo y olas estampada en el pecho), pulseras resplande­cientes que dejaban verde la muñeca al segundo día, bri­llantes pendientes de pacotilla, balones de playa, tarjetas de visita mugrientas, vírgenes de cerámica mal pintadas, vómito plástico (¡Muy realista! ¡Pruébelo con su esposa!), ruegos artificiales para un Cuatro de Julio que nunca se celebró, toallas de playa con una chica voluptuosa en bi­kini rodeada por los nombres de un centenar de famosos centros turísticos, gallardetes (Recuerdo de la playa y el parque Anson), globos, bañadores. En el frente había un snack bar especial con un gran cartel que decía: PRUE­BE NUESTRO PASTEL ESPECIAL DE MARISCOS.
Yo frecuentaba mucho Anson Beach cuando aún era alumno de la escuela secundaria. Eso fue siete años antes de la A6 y cuando andaba con una chica llamada Maureen. Una chica fornida. Usaba un bañador rosado a cua­dros. Acostumbraba a decirle que parecía un mantel. Ca­minábamos por la acera de tablas que pasaba frente a ese establecimiento, descalzos, con la madera caliente y are­nosa bajo los talones. Nunca probamos el pastel especial de mariscos.
—¿Qué miras?
—Nada.


Tuve sueños feos y llenos de sudor en los que aparecía Alvin Sackheim. Estaba recostado tras el volante de su reluciente «Lincoln» amarillo, hablando de su abuela. No era nada más que una cabeza tumefacta, ennegrecida, y un esqueleto carbonizado. Olía a quemado. Hablaba sin cesar y después de un rato ya no pudo pronunciar ni una palabra. Me desperté jadeando.
Susie estaba despatarrada sobre mis muslos, pálida y abotargada. Mi reloj marcaba las 3.50, pero se había pa­rado. Afuera aún estaba oscuro. La marejada golpeaba y estallaba. Pleamar. Aproximadamente las 4.15. Pronto amanecería. Me levanté de la cama y fui hasta la puerta. La brisa marina me produjo una sensación agradable al acariciar mi cuerpo caliente. A pesar de todo no quería dormir.
Me encaminé hacia un rincón y cogí una cerveza. Ha­bía tres o cuatro cajones de «Bud» apilados contra la pa­red. Estaba tibia porque no había electricidad. Pero no me disgustaba la cerveza tibia, como a otras personas. Sólo produce un poco más de espuma. La cerveza es cer­veza. Salí al rellano y me senté y tiré de la anilla de la lata y bebí.
Ésa era, pues, la situación: toda la raza humana ani­quilada, pero no por las armas atómicas ni por la guerra biológica ni por la contaminación ni por nada portento­so. Soto por la gripe. Me habría gustado colocar una in­mensa placa en alguna parte. Quizás en las salinas de Bonneville. La Plaza de Bronce. De cuatro kilómetros y medio de longitud por cada lado. Y diría en grandes le­tras en altorrelieve, para información de cualquier extra-terrestre recién llegado: SÓLO LA GRIPE.
Arrojé la lata de cerveza por encima de la baranda. Se estrelló con un ruido metálico hueco contra la acera de cemento que rodeaba el edificio. La tienda era un trián­gulo oscuro sobre la arena. Me pregunté si Needles esta­ba despierto. Y yo lo estaría.
—¿Bernie?
Susie estaba en el umbral, y se había puesto una de mis camisas. Esto es algo que aborrezco. Suda como un cerdo.
—Ya no te gusto mucho, ¿verdad, Bemie? No contesté. Había momentos en que todavía podía
apiadarme de todo. Ella no me merecía a mí así como yo
no la merecía a ella.
—¿Puedo sentarme contigo?
—Dudo que haya espacio suficiente para los dos. Dejó escapar un hipo ahogado y se encaminó nueva­mente hacia dentro.
—Needles tiene la A6 —anuncié.
Se detuvo y me miró. Sus facciones no reflejaban la menor expresión.
—No bromees, Bemie. Encendí un cigarrillo.
—¡No es posible! Tuvo la...
—Sí, tuvo la A2. La gripe de Hong Kong. Como tú y yo y Corey y Kelly y Joan.
—Pero eso significaría que no es...
—Inmune.
—Sí. Entonces nosotros podríamos enfermar.
—Quizá mintió cuando juró que había tenido la A2.
Para que lo dejáramos venir con nosotros —dije. Su rostro se distendió.
—Claro, eso es. Yo también habría mentido, en esa si­tuación. A nadie le gusta estar solo, ¿verdad? —Vaciló—. ¿Quieres volver a la cama?
—Aún no.
Susie entró. No hacía falta que le dijera que la A2 no era una garantía contra la A6. Ella lo sabía. Se había li­mitado a bloquear la idea. Me quedé sentado, mirando la marejada. Era verdaderamente la pleamar. Hacía algu­nos años, Anson había sido el único lugar decente de todo el Estado para practicar surf. El promontorio era una jiba oscura y sobresaliente que se recortaba contra el cielo. Me pareció ver el saliente que hacía las veces de atalaya, pero probablemente eso sólo fue obra de mi ima­ginación. A veces Kelly llevaba a Joan al promontorio. No creía que esa noche estuvieran allí arriba.
Metí la cara entre las manos y palpé la piel, su textu­ra. Todo se comprimía con tanta rapidez y era tan mez­quino... sin ninguna dignidad.
La marejada subía, subía. Sin límites. Limpia y pro­funda. Maureen y yo habíamos ido allí en verano, des­pués de salir de la escuela secundaria, en el verano que precedió a la Universidad y a la realidad y a la A6 que ha­bía llegado del sudeste de Asia y que había cubierto el mundo como un palio, y entonces comimos pizza, escu­chamos la radio, yo le unté la espalda con aceite, ella untó la mía, el aire estaba caliente, la arena brillante, el sol como un espejo cóncavo capaz de incendiar el mundo.

lunes, marzo 23, 2009

El proceso creativo


“Cojo frases y les doy vueltas. Eso es mi vida. Escribo una frase y le doy una vuelta. Luego la miro y le doy otra vuelta. Luego como algo. Luego vuelvo y escribo otra frase. Luego tomo el té y le doy una vuelta a la nueva frase. Luego vuelvo a leer ambas frases y sigo dándoles vueltas. Luego me echo en el sofá y pienso un poco. Luego me levanto, lo tiro todo a la papelera y empiezo desde el principio.”

domingo, febrero 22, 2009

El mejor cuento de Stephen King


Recuerdo que años atrás busqué en varias páginas web, infructuosamente, el cuento que según varias columnas literarias era el mejor relato del denominado maestro del terror: Stephen King. En aquel entonces padecía de una preadolescencia lúgubre, desinformada y algo patética (como todo púber, digámoslo). El perfil de escritores como Edgar Allan Poe, H.P. Lovecraft y Stephen King calza como anillo al dedo en esa espeluznante (per se) fase vital. Además, actúan como padres artísticos de posteriores autores que vamos conociendo gracias a ellos. Bueno, el punto es que “El último peldaño de la escalera” (el supuesto mejor cuento de King) no apareció en ningún sitio web y finalmente opté por comprar el libro (“El umbral de la noche”). Vienen varios cuentos muy buenos, otros derechamente malos, pero sin duda ese era el mejor. Eso sí, no era de horror. ¿Por qué escribo esto?: hoy lo releí, volví a apreciar su gran belleza y me pregunté si ahora (años después) estaría en internet. La respuesta está justo debajo de esta breve introducción.


EL ÚLTIMO PELDAÑO DE LA ESCALERA

Ayer recibí la carta de Katrina, cuando aún no hacía una semana que mi padre y yo habíamos regresado de Los Angeles. Estaba dirigida a Wilmington, Delaware, y me había mudado dos veces después de vivir allí. Ahora la gente se muda mucho, y observé con curiosidad cómo las direcciones tachadas y los rótulos de cambio de do­micilio podían asumir un aire acusador. Su carta estaba arrugada y manchada, con una esquina gastada por el manoseo. Leí su contenido y un momento después me encontré en la sala, con el teléfono en la mano, a punto de llamar a papá. Dejé el auricular con un sentimiento parecido al horror. Era anciano y había tenido dos infar­tos. ¿Estaba justificado que le telefoneara y le hablara de la carta de Katrina cuando acabábamos de volver de Los Ángeles? Eso podría haberlo matado.
De modo que no lo llamé. Y no tenía a quién contár­selo... Una carta como ésa era demasiado personal, tanto que sólo podría haber hablado de ella con mi esposa o con un amigo muy íntimo. En los últimos años no he en­tablado grandes amistades, y mi esposa Helen y yo nos divorciamos en 1971. Ahora sólo nos intercambiamos tarjetas de Navidad. ¿Cómo estás? ¿Cómo marcha el tra­bajo? Te deseo un feliz Año Nuevo.
Había pasado toda la noche en vela, con la carta de Katrina. Podría haber escrito lo mismo en una postal. Debajo del «Querido Larry» había una sola frase. Pero una frase puede decirlo todo. Puede hacerlo todo.
Recordé la imagen de mi padre en el avión, el aspecto avejentado y demacrado de su rostro bajo la implacable luz del sol, a 6.000 metros de altura, mientras volábamos hacia el Oeste desde Nueva York. Según el piloto acabá­bamos de sobrevolar Omaha, y papá dijo: «Está mucho más lejos de lo que parece, Larry.» Su voz destilaba una pena que me hizo sentir incómodo, porque no la entendía. La entendí mejor después de recibir la carta de Katrina.
Nos criamos en un pueblo llamado Hemingford Home, ciento veinte kilómetros al oeste de Omaha. Allí vivíamos mi padre, mi madre, mi hermana Katrina y yo. Yo era dos años mayor que Katrina, a quien todos llama­ban Kitty. Ésta era una niña hermosa y luego se convirtió en una hermosa mujer..., e incluso cuando tenía ocho años, en la época en que ocurrió el episodio del granero, ya era evidente que su cabello rubio como las barbas del maíz no se oscurecería nunca, y que sus ojos siempre conservarían su color azul escandinavo. Bastaba que un hombre mirara esos ojos para que quedara cautivado.
Se podría decir que la nuestra fue una infancia cam­pesina. Mi padre tenía ciento veinte hectáreas de pradera llana, fértil, donde cultivaba maíz y criaba ganado. Todos la llamaban sencillamente «la hacienda». En aquellos tiempos todos los caminos eran de tierra, exceptuando la carretera comarcal 80 y la carretera 96 de Nebraska, y un paseo a la ciudad era algo que esperabas durante tres días.
Actualmente soy, según dicen, uno de los mejores abogados independientes de los Estados Unidos, especia­lizado en corporaciones, y debo confesar, para ser since­ro, que estoy de acuerdo con quienes sustentan esa opi­nión. En una oportunidad el presidente de una gran compañía me presentó al consejo de administración como su pistolero a sueldo. Uso los mejores trajes y mis zapatos están confeccionados con el mejor cuero. Tengo tres asistentes que trabajan durante toda la jornada para mí, y podría contratar otros doce, si los necesitara. Pero en aquellos tiempos iba a pie por un camino de tierra hasta una escuela de una sola aula, con los libros ceñidos por un cinturón, sobre el hombro, y Katrina me acompa­ñaba. A veces, en primavera, íbamos descalzos. Y ésa era la época en que no te atendían en una cafetería ni podías comprar en un mercado, si no usabas zapatos.
Después murió mi madre —cuando Katrina y yo asis­tíamos a la escuela secundaria de Columbia City— y dos años más tarde mi padre perdió la hacienda y se dedicó a la venta de tractores. Ése fue el fin de la familia, aunque entonces no pareció tan malo. Mi padre prosperó en su trabajo, se compró una agencia de ventas, y hace aproxi­madamente nueve años lo eligieron para un cargo direc­tivo. Yo gané una beca en la Universidad de Nebraska, ju­gando al fútbol, y aprendí algo más que a sacar el balón de un cerrojo suizo.
¿Y Katrina? Pero es de ella de quien quiero hablar.
El episodio del granero se produjo un sábado de co­mienzos de noviembre. En verdad, no recuerdo bien el año, pero Eisenhower todavía era presidente. Mamá es­taba en una feria de beneficiencia de Columbia City, y papá había ido a la casa de nuestro vecino más próximo (a diez kilómetros de distancia) para ayudarlo a reparar un rastrillo de heno. Teóricamente debería haber habido un peón en la hacienda, pero ese día no concurrió a tra­bajar y mi padre lo despidió antes de que transcurriera un mes.
Papá me dejó una lista de las faenas que debía reali­zar (v también había algunas para Kitty) y nos ordenó que no nos fuéramos a jugar hasta que estuviera todo ter­minado. Pero eso no nos ocupó mucho tiempo. Estába­mos en noviembre, y a esa altura del año ya no había grandes apremios. Nuevamente habíamos salido a flote. No sería siempre así.
Recuerdo perfectamente aquel día. El cielo estaba en­capotado, v si bien no hacía frío se sentía que quería ha­cer frío, que quería dejarse de rodeos v arremeter con la escarcha y la helada, la nieve y la cellisca. Los campos es­taban desnudos. Los animales se mostraban lerdos y pe­sados. Por la casa parecían soplar raras comentes de aire que antes nunca habíamos sentido.
En un día como ése, el lugar ideal era el granero. Ca­luroso, poblado por un agradable aroma combinado de heno, pelo y estiércol, y por los misteriosos cloqueos y arrullos de las golondrinas congregadas en el tercer he­nil. Si echabas la cabeza hacia atrás veías la blanca luz de noviembre que se filtraba por las grietas del techo y tra­taba de deletrear tu nombre. Ése era un juego que en realidad sólo parecía atractivo en los días encapotados de otoño.
Había una escalera clavada a un travesaño de la parte más alta del tercer henil, una escalera que bajaba direc­tamente al piso del granero. Nos habían prohibido trepar por ella porque estaba vieja y desvencijada. Papá le había prometido cien veces a mamá que la quitaría y la rem­plazaría por otra más sólida, pero cuando tenía tiempo para hacerlo siempre había algo que lo distraía. Por ejemplo, debía ayudar a reparar el rastrillo de un vecino. Y el peón no servía para nada.
Si subías por la enclenque escalera —había exacta­mente cuarenta y tres peldaños, que Kitty y yo habíamos contado hasta hartarnos— terminabas en una viga situa­da a más de veinte metros del piso sembrado de paja. Y si después te deslizabas unos cuatro metros por la viga, con las rodillas trémulas, las articulaciones de los tobillos que crujían y la boca seca e impregnada de sabor a me­cha quemada, quedabas suspendido sobre el almiar. Y entonces podías saltar de la viga y caer veinte metros en línea recta, en una horrible e hilarante zambullida mor­tal, hasta hundirte en un inmenso y mullido lecho exube­rante. El heno tenía un olor dulzón, y al fin descansabas en medio de ese aroma de verano renacido, después de haber dejado el estómago atrás y en medio del aire, y te sentías..., bien, como debió de sentirse Lázaro. Habías saltado y habías sobrevivido para contarlo.
Claro que era un deporte prohibido. Si nos hubieran sorprendido, mi madre habría puesto el grito en el cielo y mi padre nos habría azotado, a pesar de que ya no éra­mos crios. Debido al estado de la escalera, y también por­que si por casualidad perdías el equilibrio y caías de la viga antes de haber llegado al blando colchón de heno, era seguro que te descalabrarías contra las duras tablas del piso.
Pero la tentación era demasiado grande. Cuando no está el gato..., bien, ya conocéis el refrán.
Ese día empezó como todos los otros, con una deliciosa sensación de miedo mezclado con deseos anhelan­tes. Estábamos al pie de la escalera, mirándonos el uno al otro. Kitty estaba congestionada, con los ojos más oscu­ros y centelleantes que de costumbre.
—Te desafío —dije.
—El desafiante sube primero —respondió Kitty.
—Las chicas suben antes que los chicos —contraata­qué en seguida.
—No si es peligroso —respondió ella bajando reca­tadamente los ojos, como si no fuera público y notorio que ella era la segunda machota de Hemingford. Mas ése era su comportamiento habitual. Subía, pero no antes que yo.
—Está bien —asentí—. Ya subo. Ese año yo tenía diez años y era flaco como una estaca: pesaba aproximada­mente cuarenta y cinco kilos. Kitty tenía ocho años y pe­saba diez kilos menos. Pensábamos que si la escalera siempre nos había aguantado, seguiría aguantándonos indefinidamente, idea ésta que pone constantemente en apuros a hombros y naciones.
Ese día sentí que la escalera cimbreaba un poco en la atmósfera polvorienta del granero a medida que subía cada vez a mayor altura. Como siempre, aproximada­mente a mitad del trayecto, imaginé lo que me sucedería si de pronto la escalera cedía y se desmoronaba. Pero se­guí subiendo hasta que pude sujetarme de la viga e izar­me y mirar hacia abajo.
Él rostro de Kitty, vuelto hacia arriba para mirarme, era un pequeño óvalo blanco. Con su camisa a cuadros desteñida y sus vaqueros azules, parecía una muñeca. Sobre mi cabeza, en los polvorientos recovecos del alero, las golondrinas arrullaban dulcemente.
De nuevo, ajusfándome al ritual:
—¡Qué tal, ahí abajo! —grité, y mi voz flotó hasta ella montada sobre motas de paja.
—¡Qué tal, ahí arriba!
Me puse en pie. Oscilé un poco hacia atrás y adelante. Como siempre, parecieron soplar súbitamente extrañas corrientes de aire que no habían existido abajo. Oí los la­tidos de mi propio corazón mientras empezaba a avanzar con los brazos estirados para conservar el equilibrio. Una vez, una golondrina había revoloteado cerca de mi cabeza en ese momento de la aventura, y al respingar había estado a punto de caerme. Vivía con el temor de que ese
trance pudiera repetirse.
Pero no esta vez. Por fin estaba sobre el seguro col­chón de heno. Ahora mirar hacia abajo era más sensual que terrorífico. Hubo un momento de expectación. Des­pués salté al vacío, apretándome aparatosamente la na­riz, como lo hacía siempre, y el súbito tirón de la grave­dad me arrastró brutalmente, a plomo, v me hizo sentir deseos de gritar: ¡Oh, lo siento, me he equivocado, dejad­me subir de nuevo!
Entonces tomé contacto con el heno, me incrusté en él como un proyectil, y su olor dulzón y polvoriento me rodeó mientras seguía hundiéndome, como en un agua espesa, hasta quedar lentamente sepultado en la paja. Como siempre, sentí que un estornudo cobraba forma en mi nariz. Y oí que uno o dos ratones de campo huían asustados en busca de un sector más apacible del almiar. Y sentí, curiosamente, que había renacido. Recuerdo que en una oportunidad Kitty me había dicho que después de zambullirse en el heno se sentía fresca y flamante, como un bebé. En ese momento no le hice caso —porque en­tendía a medias lo que quería decir, y a medias no lo en­tendía— pero desde que recibí su carta, yo también pien­so en eso.
Bajé de la pila de heno, casi nadando en ella, hasta que mis pies tocaron el piso del granero. Tenía heno de­bajo de los pantalones y entre la espalda y la camisa. Se me había metido en las zapatillas y me asomaba por los codos. ¿Simientes de heno en el pelo? Claro que sí.
En ese momento Kitty ya había llegado a la mitad de la escalera. Sus trenzas doradas bailoteaban sobre sus omóplatos, y seguía trepando por un haz polvoriento de luz. En otras ocasiones esa luz podría haber sido tan bri­llante como su cabello, pero ese día sus trenzas no tenían competencia..., eran el elemento de mayor colorido que había allí arriba.
Pensé, bien lo recuerdo, que no me gustaba la forma en que se combaba la escalera. Parecía más destartalada que nunca.
Entonces llegó a la viga, muy arriba... Y ahora yo era el pequeño, mi cara era el minúsculo óvalo blanco vuelto hacia ella cuando su voz bajó flotando junto con las briz­nas de paja que había movilizado mi salto.
—¡Qué tal, ahí abajo!
—¡Qué tal, ahí arriba!
Avanzó por la viga y mi corazón se distendió un poco en el pecho cuando calculé que estaba a salvo sobre el heno. Siempre ocurría lo mismo, aunque ella siempre había sido más grácil que yo... Y más atlética, si no os pa­rece demasiado raro que diga esto acerca de mi hermana menor.
Se empinó sobre las punteras de sus viejas zapatillas, con las manos estiradas al frente. Y después dio el salto del ángel. Hablad de lo inolvidable, de lo indescriptible. Bien, yo puedo describirlo... en parte. Pero no con la pre­cisión suficiente para haceros entender hasta qué punto fue bello, perfecto, uno de los pocos trances de mi vida que parecen absolutamente reales y auténticos. No, no os lo puedo explicar con tanta fidelidad. Ni mi pluma ni mi lengua tienen la maestría que haría falta para ello.
Por un instante fugaz pareció flotar en el aire, como si la sostuviera una de esas misteriosas corrientes ascen­dentes que sólo existían en el tercer henil, transformada en una golondrina rutilante de plumaje dorado como Nebraska no ha vuelto a ver otra. Era Kitty, mi hermana, con los brazos doblados hacia atrás y la espalda arquea­da, ¡y cuánto la amé durante esa fracción de segundo!
Y después cayó y se hundió en el heno y se perdió de vista. Del boquete que había abierto brotó una explosión de paja y de risas. Olvidé cuan débil me había parecido la escalera con ella encima, y cuando salió del almiar yo ya estaba nuevamente a mitad de trayecto.
Yo también intenté ejecutar el salto del ángel, pero el miedo me atenazó como siempre, y mi ángel se transfor­mó en una bala de cañón. Creo que nunca terminé de convencerme, como Kitty, de que el heno estaba allí.
¿Cuánto duró el juego? Quien sabe. Pero después de diez o doce saltos levanté la vista y vi que la luz había cambiado. Mamá y papá tardarían en volver y nosotros estábamos cubiertos de paja..., lo cual era una prueba tan contundente como una confesión firmada. Accedimos a pegar un salto más cada uno.
Yo subí antes que ella y sentí que la escalera se movía bajo mis pies y oí, muy débilmente, el chirrido de los cla­vos que se aflojaban en la madera. Y por primera vez me sentí auténtica, activamente asustado. Creo que si hubie­ra estado más cerca del pie de la escalera habría bajado y que ahí habría terminado todo, pero la viga estaba más próxima y parecía más segura. Cuando me faltaban tres peldaños para llegar arriba aumentó el chirrido de los clavos tirantes y el terror me congeló súbitamente, con la certeza de que me había excedido.
Hasta que mis manos cogieron la viga astillada y ali­geraron a la escalera de mi peso. Un sudor frío, desagra­dable, pegoteaba las briznas de paja a mi frente. El juego ya había perdido su atractivo.
Enderecé de prisa hacia el almiar y me dejé caer. Ni siquiera saboreé la parte placentera del salto. Mientras descendía, me imaginé lo que habría sentido si hubiera sido el piso sólido del granero el que venía a mi encuen­tro en lugar de la blanda turgencia del heno.
Cuando asomé en el centro del granero vi que Kitty trepaba apresuradamente por la escalera.
—¡Eh, baja! —grité—. ¡No es segura!
—¡Me sostendrá! —respondió ella con un tono con­fiado—. ¡Soy más ligera que tú!
—Kitty...
Pero no pude terminar la frase. Porque fue entonces cuando cedió la escalera.
Se partió con un chasquido de madera podrida, asti­llada. Yo grité y Kitty chilló. Estaba más o menos donde me hallaba yo cuando me convencí de que había puesto exageradamente a prueba mi suerte.
El peldaño sobre el que ella se apoyaba se desprendió y después los dos largueros se separaron. Por un mo­mento la escalera, que se había zafado totalmente, pare­ció, a los pies de Kitty, un insecto portentoso, una mantis religiosa, que acababa de tomar la decisión de alejarse.
A continuación la escalera se desplomó, estrellándose contra el piso del granero con un estampido seco que le­vantó una nube de polvo e hizo mugir, inquietas, a las va­cas del establo vecino. Una de ellas pateó la puerta de su pesebre.
Kitty lanzó un alarido agudo, penetrante.
—¡Larry! ¡Larry! ¡Ayúdame!
Sabía lo que había que hacer, lo comprendí en segui­da. Tenía un miedo espantoso, pero conservaba el uso de mis facultades. Estaba a más de veinte metros de altura, sus piernas enfundadas en los vaqueros se agitaban frené­ticamente en el vacío, y las golondrinas arrullaban sobre su cabeza. Sí, yo estaba asustado. Y confieso que todavía no soy capaz de presenciar un espectáculo de acrobacia en el circo, ni siquiera en la TV. Me revuelve el estómago.
Pero sabía lo que había que hacer.
—¡Kitty! —le grité—. ¡Quédate quieta! ¡Quieta!
Me obedeció al instante. Dejó de agitar las piernas y quedó colgada verticalmente, con las manecitas cerradas sobre el último peldaño del extremo astillado de la escalera, como una acróbata cuyo trapecio se hubiera inmovilizado.
Sinceramente, no recuerdo lo que ocurrió después, excepto que el heno se me metió en la nariz y empecé a estornudar y no pude contenerme. Corría de un lado a otro, levantando una pila de heno allí donde había estado la base de la escalera. Era una pila muy pequeña. Al mi­rarla, y al mirarla luego a ella, que colgaba tan arriba, cualquiera habría pensado en una de esas caricaturas que muestran a un tipo saltando desde cien metros den­tro de un vaso de agua.
Iba y venía. Iba y venía.
—¡ Larry, no podré resistir más tiempo! —El timbre de su voz era atiplado y desesperado.
—¡Tienes que resistir, Kitty! ¡Tienes que resistir!
Iba y venía. El heno me caía dentro de la camisa. Iba y venía. Ahora la pila de heno me llegaba a la barbilla, pero el almiar en el que nos zambullíamos tenía ocho metros de profundidad. Pensé que si sólo se fracturaba las piernas debería darse por satisfecha. Y sabía que si caía fuera del heno se mataría. Iba y venía.
—¡Larry! ¡El peldaño! ¡Se está zafando!
Oí el chirrido sistemático y crepitante del peldaño que cedía por efecto de su peso. Volvió a agitar las pier­nas, despavorida, pero si seguía moviéndolas así le erra­ría inevitablemente al heno.
—¡No! —vociferé—, ¡No! ¡No hagas eso! ¡Suéltate! ¡Suéltale, Kitty! —Porque ya no tenía tiempo para juntar más heno. No tenía tiempo para nada que no fuera ali­mentar un ciego optimismo.
Se soltó y se dejó caer apenas se lo ordené. Bajó recta como un cuchillo. Me pareció que su caída duraba una eternidad, con sus trenzas de oro fuertemente estiradas hacia arriba, con los ojos cerrados, con el rostro pálido como la porcelana. No gritó. Tenía las manos entrelaza­das delante de los labios, como si rezara.
Y cayó justó en el centro de la pila de heno. Se hundió en ella hasta perderse de vista. La paja salió despedida en todas direcciones como si hubiera estallado una granada, y oí el ruido que produjo su cuerpo al chocar contra las tablas. El ruido, fuerte y sordo, hizo que me recorriera un escalofrío mortal. Había sido demasiado fuerte, demasia­do fuerte. Pero tenía que ver lo que había ocurrido.
Llorando, me abalancé sobre la pila de heno y empecé a apartarlo, arrojando grandes manojos a mis espaldas. Salió a la luz una pierna enfundada en un vaquero, des­pués una camisa a cuadros... Y después el rostro de Kitty. Estaba mortalmente pálida y tenía los ojos cerrados. Al mirarla me di cuenta de que estaba muerta. El mundo se puso gris, con un gris de noviembre. El único toque de ca­lor que había en él era el de sus trenzas, de oro rutilante.
Y después el azul profundo de sus iris cuando abrió los ojos.
—¿Kitty? —Mi voz sonaba ronca, gangosa, incrédula. Mi garganta estaba tapizada de polvillo de heno—. ¿Kitty?
—¿Larry? —pregunto ella, atónita—. ¿Estoy viva? La levanté del heno y la estrujé y ella me echó los bra­zos al cuello y me devolvió el abrazo.
—Estás vivas —dije—. Estás viva, estás viva.
Se había fracturado el tobillo izquierdo, y eso fue todo. Cuando el doctor Pedersen, el clínico general de Columbia City, entró en el granero con mi padre y con­migo, miró durante un largo rato las sombras del techo. El último peldaño de la escalera aún colgaba allí, sesga­do, de un clavo.
Como digo, miró durante un largo rato.
—Un milagro —le dijo a mi padre, y después pateó desdeñosamente el heno que yo había apilado. Se enca­minó hacia su «De Soto» polvoriento y se fue.
Mi padre me colocó la mano sobre el hombro.
—Iremos a la leñera, Larry —manifestó con voz muy serena—. Supongo que sabes qué es lo que pasará allí.
—Sí, señor —susurré.
—Quiero que cada vez que te zurre, Larry, le agradez­cas a Dios que tu hermana sigue viva.
—Sí, señor.
Después nos fuimos. Me zurró muchas veces, tantas veces que durante una semana comí en pie, y durante las dos semanas siguientes con un cojín en mi silla. Y cada vez que me pegaba con su gran mano roja y callosa, yo le daba gracias a Dios.
Con voz potente, muy potente. Cuando recibí los dos o tres últimos golpes, no tenía duda de que Él me oía.

Me dejaron entrar a verla un poco antes de la hora de acostarme. Recuerdo que había un tordo del otro lado de su ventana. Su pie vendado descansaba sobre una tabla.
Me miró durante tanto tiempo y con tanta ternura que me sentí incómodo. Por fin dijo:
—Heno. Pusiste heno.
—Claro que sí —exclamé—. ¿Qué otra cosa podía ha­cer? Cuando se rompió la escalera no me quedó ningún medio para llegar arriba.
—No sabía lo que hacías —murmuró.
—¡Pero tenías que saberlo! ¡Estaba debajo de ti, por el amor de Dios!
—No me atreví a mirar —respondió—. Tenía dema­siado miedo. No abrí en ningún momento los ojos.
—¿No lo sabías? ¿No sabías lo que estaba haciendo? Meneó la cabeza.
—Y cuando te dije que te soltaras..., ¿lo hiciste sin mirar? Asintió con un movimiento de cabeza.
—Kitty, ¿cómo pudiste hacer eso?
Me miró con esos profundos ojos azules.
—Sabía que debías de haber hecho algo para solucio­narlo —dijo—, Eres mi hermano mayor. Sabía que te ocuparías de mí.
—Oh, Kitty, no imaginas qué poco faltó. Me había cubierto el rostro con las manos. Ella se irguió en la cama y las apartó. Me besó en la mejilla.
—No —murmuró—. Pero sabía que tú estabas ahí abajo. Caray, qué sueño. Hasta mañana, Larry. El doctor Pedersen dice que me podrán una escayola.
Estuvo escayolada durante poco menos de un mes, y todos sus compañeros de escuela firmaron el yeso..., e in­cluso me lo hizo firmar a mí. Y cuando se lo quitaron, ahí terminó el episodio del granero. Mi padre remplazó la escalera que llevaba al tercer henil por otra nueva y fuer­te, pero nunca volví a trepar a la viga para saltar sobre el heno. Por lo que sé, Kitty tampoco lo hizo.
Ése fue el fin, pero no lo fue. Quién sabe por qué, la historia no terminó hasta hace nueve días, cuando Kitty saltó desde el último piso del edificio de una compañía de seguros, en Los Ángeles. Tengo el recorte del Los An­geles Times en mi billetera. Supongo que lo llevaré siem­pre conmigo, no con la alegría con que llevas las instan­táneas de las personas que deseas recordar o las entradas de un buen espectáculo o parte del programa de un par­tido del Campeonato Mundial. Llevo el recorte conmigo como llevas algo pesado, porque tienes el deber de llevar­lo. El titular dice; PROSTITUTA DE LUJO SE SUICIDA CON EL SALTO DEL ÁNGEL.

Crecimos. Esto es todo lo que sé, dejando de lado los hechos sin importancia. Ella pensaba estudiar Adminis­tración de Empresas en Omaha, pero el verano después de terminar el bachillerato ganó un concurso de belleza y se casó con uno de los jueces. Parece un chiste obsceno, ¿verdad? Mi Kitty.
Mientras yo estudiaba Derecho ella se divorció y me escribió una larga carta, de diez o más páginas, en la que me contaba cómo había pasado todo, qué repugnante ha­bía sido, cómo todo habría sido mejor si ella hubiera po­dido tener un hijo. Me preguntaba si podía ir a verla. Pero perder una semana en la Facultad de Derecho es tan grave como perder un año en un curso inferior de artes li­berales. Esos tipos son galgos. Si pierdes de vista el conejito mecánico, no lo encuentras nunca más.
Se mudó a Los Angeles y volvió a casarse. Cuando naufragó ese matrimonio, yo había regresado de la Fa­cultad de Derecho. Me escribió otra carta, más breve, más amarga. Me decía que nunca se dejaría atrapar en ese tiovivo. Era una rutina inalterable. La única forma de coger la sortija consistía en caerse del caballito y rom­perse el cráneo. Si ése era el precio de una vuelta gratis, ella no estaba dispuesta a pagarlo. Posdata: ¿Puedes ve­nir, Larry? Hace mucho que no te veo.
Le escribí diciéndole que me habría encantado ir a vi­sitarla, pero que no era posible. Había conseguido traba­jo en una firma con grandes tensiones internas, y yo es­taba en la base de la pirámide: todo el trabajo recaía sobre mis espaldas y nadie reconocía mis méritos. Si quería subir el escalón siguiente, tendría que lograrlo ese mismo año. Ésa fue mi larga carta, en la que hablaba ex­clusivamente de mi carrera.
Contesté todas sus cartas. Pero nunca llegué a con­vencerme verdaderamente de que era Kitty quien las es­cribía ¿entendéis?, así como antes no había podido con­vencerme de que el heno estaba realmente allí..., hasta que interrumpía mi caída por el vacío y me salvaba la vida. No podía persuadirme de que mi hermana y la mu­jer vencida que firmaba «Kitty», rodeando su nombre con un círculo, al pie de las cartas, eran en realidad la misma persona. Mi hermana era una muchacha con trenzas, cuyos pechos aún no se habían desarrollado.
Fue ella la que dejó de escribir. Me enviaba tarjetas de Navidad, me felicitaba para mi cumpleaños, y mi esposa le correspondía igualmente. Después nos divorciamos y yo me mudé y me olvidé de todo. La Navidad siguiente y, a continuación, el día de mi cumpleaños, las tarjetas me llegaron gracias a que había comunicado mi cambio de domicilio en la oficina de correos. El primer cambio. Y yo me decía constantemente: caray, tengo que escribirle a Kitty y comunicarle que me he mudado. Pero no lo hice.
Sin embargo, como ya he dicho, todos éstos son deta­lles que carecen de importancia. Lo único que interesa es que maduramos y que ella dio el salto del ángel desde el último piso del edificio de una compañía de seguros, y que ella creía que el heno estaría siempre abajo. Kitty era la que había dicho: «Sabía que debías estar haciendo algo para solucionarlo.» Ésas son las cosas que en verdad importan. Y la carta de Kitty.
Actualmente todos se mudan continuamente, y es cu­rioso que esas direcciones tachadas y esos rótulos de cambio de domicilio puedan asumir la forma de acusa­ciones. Kitty había estampado el remite en el ángulo su­perior izquierdo del sobre, y esa dirección correspondía al apartamento donde había estado viviendo hasta que saltó. En un hermoso edificio de Van Nuys. Papá y yo fui­mos allí a recoger sus cosas. La casera se mostró muy amable. Estimaba a Katty.
El matasellos tenía fecha de dos semanas antes de su muerte. La carta debería haberme llegado mucho antes, si no hubiera sido por los cambios de domicilio. Ella de­bía de haberse cansado de esperar.
Querido Larry:
Últimamente he estado pensando mucho en eso... Y he resuelto que lo mejor para mi habría sido que el último peldaño se hubiera roto antes de que tú pudieses apilar el heno.
Tu Kitty
Si, supongo que Kitty debió de cansarse de esperar. Prefiero pensar esto y no que ella llegó a la conclusión de que yo la había olvidado. No me habría gustado que pen­sara eso, porque tal vez esa sola frase habría sido lo úni­co que me habría hecho acudir corriendo a su lado.
Pero ni siquiera ésta es la razón por la que ahora me cuesta dormirme. Cuando cierro los párpados y empiezo a amodorrarme, la veo caer del tercer henil, con los ojos dilatados y muy azules, el cuerpo arqueado, los brazos doblados hacia atrás.
Ella era la que siempre sabía que el heno estaría allí.

viernes, octubre 10, 2008

Las palabras en el cine


Noviembre 7, 1951

…¿Me pregunta usted cómo se puede sobrevivir a Hollywood?

Es cierto que si uno es un escritor, la mayor parte del trabajo se ve desperdiciada.

Un escritor que sea verdaderamente creador debe hacerse director, lo cual significa que, además de creador, debe ser física y moralmente duro. De lo contrario, para el tiempo en que haya sido lo suficientemente vapuleado como para haber aprendido a escribir un guión que pueda ser filmado, es decir al modo de la cámara y no simplemente de la literatura, habrá perdido probablemente todo su ímpetu.

Si se va a Hollywood nada más que a hacer plata, hay que reconocerlo con el más absoluto cinismo, sin que a uno le importe demasiado lo que haga. Y si uno cree realmente en el arte del cine, es una tarea a largo plazo y hay que olvidarse de escribir otra cosa. Preocuparse de las palabras por las palabras mismas resulta fatal para el buen cine. No son el objetivo del cine. No es la pasión de mi vida, pero podría haberla sido si hubiera empezado veinte años atrás. Pero veinte años atrás nunca hubiera podido llegar allí, y esto es válido para mucha otra gente. A uno no lo quieren hasta que se haya hecho un nombre, y para cuando uno se ha hecho un nombre, ha desarrollado un tipo de talento que ellos no pueden usar. Todo lo que harán es arruinarlo, si uno los deja. Las mejores escenas que escribí en mi vida eran prácticamente monosilábicas. Y la mejor escena corta que escribí, según mi opinión personal, es una en que una muchacha dice “iuju” tres veces con tres entonaciones distintas, y nada más que eso.

Raymond Chandler.

domingo, mayo 18, 2008

Un prólogo


II
Nada hay más ambiguo que eso que se llama realismo en el arte literario. Porque, ¿qué realidad es la de ese realismo?

Verdad es que el llamado realismo, cosa puramente externa, aparencial, cortical y anecdótica, se refiere al arte literario y no al poético o creativo. En un poema -y las mejores novelas son poemas-, en una creación, la realidad no es la del que llaman los críticos realismo. En una creación la realidad es una realidad íntima, creativa y de voluntad. Un poeta no saca sus criaturas -criaturas vivas- por los modos del llamado realismo. Las figuras de los realistas suelen ser maniquíes vestidos, que se mueven por cuerda y que llevan en el pecho un fonógrafo que repite las frases que su Maese Pedro recogió por calles y plazuelas y cafés y apuntó en su cartera.

¿Cuál es la realidad íntima, la realidad real, la realidad eterna, la realidad poética o creativa de un hombre? Sea hombre de carne y hueso o sea de los que llamamos ficción, que es igual. Porque Don Quijote es tan real como Cervantes; Hamlet o Macbeth tanto como Shakespeare, y mi Augusto Pérez tenía acaso sus razones al decirme, como me dijo -véase mi novela (¡y tan novela!) Niebla, páginas 280 a 281- que tal vez no fuese yo sino un pretexto para que su historia y las de otros, incluso la mía misma, lleguen al mundo.

¿Qué es lo más intimo, lo más creativo, lo más real de un hombre?

Aquí tengo que referirme, una vez más, a aquella ingeniosísima teoría de Oliver Wendell Holmes -en su The autocrat of the breakfast table, III- sobre los tres Juanes y los tres Tomases. Y es que nos dice que cuando conversan dos, Juan y Tomás, hay seis en conversación, que son:

Tres Juanes:

1. El Juan real; conocido sólo para su Hacedor. 2. El Juan ideal de Juan; nunca el real, y a menudo muy desemejante de él. 3. El Juan ideal de Tomás; nunca el Juan real ni el Juan de Juan, sino a menudo muy desemejante de ambos.

Tres Tomases:

1. El Tomás real. 2. El Tomás ideal de Tomás. 3. El Tomás ideal de Juan.

Es decir, el que uno es, el que se cree ser y el que le cree otro. Y Oliver Wendell Holmes pasa a disertar sobre el valor de cada uno de ellos.

Pero yo tengo que tomarlo por otro camino que el intelectualista yanqui Wendell Holmes. Y digo que, además del que uno es para Dios -si para Dios es uno alguien- y del que es para los otros y del que se cree ser, hay el que quisiera ser. Y que éste, el que uno quiere ser, es en él, en su seno, el creador, es el real de verdad. Y por el que hayamos querido ser, no por el que hayamos sido, nos salvaremos o perderemos. Dios le premiará o castigará a uno a que sea por toda la eternidad lo que quiso ser.

Ahora que hay quien quiere ser y quien quiere no ser, y lo mismo en hombres reales encarnados en carne y hueso que en hombres reales encarnados en ficción novelesca o nivolesca. Hay héroes del querer no ser, de la noluntad.

Mas antes de pasar más adelante cúmpleme explicar que no es lo mismo querer no ser que no querer ser.

Hay, en efecto, cuatro posiciones, que son dos positivas a) querer ser; b) querer no ser; y dos negativas: c) no querer ser; d) no querer no ser. Como se puede: creer que hay Dios, creer que no hay Dios, no creer que hay Dios, y no creer que no hay Dios. Y ni creer que no hay Dios es lo mismo que no creer que hay Dios, querer no ser es no querer ser. De uno que no quiere ser difícilmente se saca una criatura poética, de novela; pero de uno que quiere no ser, sí. Y el que quiere no ser, no es, ¡claro!, un suicida.

El que quiere no ser lo quiere siendo.

¿Qué? ¿Os parece un lío? Pues si esto os parece un lío y no sois capaces, no ya sólo de comprenderlo, más de sentirlo y de sentirlo apasionada y trágicamente, no llegaréis nunca a crear criaturas reales y, por tanto, no llegaréis a gozar de ninguna novela, ni de la de vuestra vida. Porque sabido es que el que goza de una obra de arte es porque la crea en sí, la re-crea y se recrea con ella. Y por eso Cervantes en el prólogo a sus Novelas ejemplares hablaba de "horas de recreación". Y yo me he recreado con su Licenciado Vidriera, recreándolo en mí al re-crearme. Y el Licenciado Vidriera era yo mismo.


Miguel de Unamuno

Texto completo: Un prólogo

miércoles, diciembre 12, 2007

Chuck Palahniuk - Tripas


Hace rato que se habla de Chuck Palahniuk. Se hizo mundialmente conocido con la película “El club de la pelea”: la adaptación de su primera novela. A partir de ese momento se ha ido transformando en uno de los lugares comunes de la literatura chatarra. La llamo así, porque a veces no queremos algo nutritivo -piénsese Dostoievski o Kafka-, sino que optamos por una hamburguesa -piénsese Stephen King o Chucky Palahniuk-. O para hacer el contraste más digno: Tarantino -chatarra- o Tarkovski -nutriente-.

Chucky es el rostro visible de una literatura escondida -no por eso escasa-: la literatura de los excesos. Son recurrentes en su prosa el sexo y las drogas. Palahniuk tiene algo de Stephen King y de Charles Bukowski, pero en un tono mucho más actual. Alberto Fuguet lo definió así: “Chuck Palahniuk es ver videos pornos y comer papas fritas en lugar de masturbarse”.

Los dejo con su cuento “Tripas”. Sí, ese que causó vómitos en cadena cuando Palahniuk lo leía en conferencias. Y como bonus track: el video de un desmayo en plena lectura del relato.


miércoles, diciembre 05, 2007

La faceta desconocida de Edgar Allan Poe


Demás está decir que soy un admirador del buen Edgar Allan Poe. El hecho de que haya sido un genio con una vida miserable me conmueve. Su carácter alcohólico-melancólico no fue más que la manifestación de una mente distinta. Una mente dotada de una sublime sensibilidad.

Hablar de Poe es hablar de melancolía, lugubricidad y locura, relatos como “La caída de la casa Usher”, “El gato negro” o su poema “El cuervo” dan cuenta de aquello. Sin embargo, Poe no es sólo eso. Reflejo de lo anterior es su prolija trilogía de cuentos, protagonizada por el entrañable Charles Auguste Dupin, que lo inmortalizó como el padre del género policial, y su narrativa del mar. El relato “Manuscrito hallado en una botella” y su maravillosa y única novela “Narración de Arthur Gordon Pym” nos sumergen en un universo marino plagado de símbolos de una riqueza literaria prodigiosa. Pero el lado más desconocido de Poe es el que ahora quiero mostrarles: “Eureka”. Un ensayo que termina por convencernos de la grandeza de la mente de este poeta y escritor norteamericano.

Sin más preámbulos, los dejo con este artículo que lo dice todo.